lunes, 27 de septiembre de 2010

La paradoja de la transparencia

De un tiempo a esta parte, venimos escuchando voces a favor de la transparencia, de la visualización y acceso a la información pública, de la participación en suma de la ciudadanía en los quehaceres públicos con la esperanza de que así, con la aportación de todos, los servicios administrativos mejoren en calidad y eficiencia. Algo en esta línea ya se ha avanzado, y así por ejemplo en Gobierno Vasco se han puesto en marcha iniciativas interesantes como OpenData o Irekia; sin contar con los innumerables blogs y entradas en Facebook, Twitter y demás redes, de esta y de otras administraciones, donde funcionarios y cargos públicos dan a conocer sus opiniones y los logros de sus áreas de trabajo, favoreciendo el intercambio de experiencias y opiniones.

Enriquecedor sin duda, y de gran interés para quienes como yo, disfrutan de su trabajo más allá de las ocho horas preceptivas, y bucean en las redes por el simple hecho de aprender, como una ciudadana más, ávida de conocimiento y de mejora continua, con independencia de la empresa tal o cual donde trabaje esas ocho horas. Porque aunque pueda parecer raro, hay gente con inquietudes, gente que disfruta con lo que hace y que quiere aprender, no por y para su empresa, sino para sí misma, como persona. Pero como suelo decir, esa es otra historia...

Siguiendo con el tema este de la transparencia, insisto que, como idea, me parece algo excelente, qué más queremos los ciudadanos de a pie, de cualquier condición, que una Administración eficiente y eficaz, con servicios que funcionan y que además se ajustan a nuestras necesidades. Y si podemos dar nuestra opinión y encima que sirva para algo, pues mejor que mejor.

El anteproyecto de ley de transparencia parece que va en esa línea, y aunque como suele pasar en la piel de toro, no termina de ser perfecta a la primera, sin duda representa un paso de indudable valor, cuyos resultados esperemos sean visibles a medio plazo.

En mi opinión, para que funcione esto de la transparencia y de la participación, hacen falta dos patas. Por un lado, que la ciudadanía realmente participe, sea consciente de esa transparencia, y "pinche" (en el buen sentido), para que aquello que no ve bien, lo haga saber. Y hace falta que sea consciente que lo puede hacer sin temor a represalias, o a malos entendidos. Supongo que para ello hace falta divulgación, comunicación, etc. Y ahí las redes sociales tienen un papel muy interesante, entendidas como una gran plaza donde todos y todas podemos hablar y expresar, libremente, nuestras opiniones y experiencias.

Y por otro lado, hace falta que la administración, en todos sus niveles, acepte con deportividad, si se me permite la expresión, lo que supone esa transparencia y esa participación. Y es que se alabará lo bueno, pero también se criticará o se dará a conocer lo malo, o lo mejorable, o lo menos bueno. Y que ello no debe tomarse como algo negativo, destructivo o desleal; es todo lo contrario. Porque si la Administración se dota de herramientas para que la gente participe, si su personal se expresa libremente en blogs, redes sociales y demás inventos, y después sólo se admite lo que se quiere oír, nos hacemos todos un flaco favor. Y esa plaza abierta y llena de conocimiento quedaría entonces viciada por la sospecha y el temor a una expresión libre y sin tapujos, desde el respeto y el afán de construir algo mejor.

Ojalá todos los avances por la transparencia cristalicen en una sociedad transparente y abierta, donde el intercambio de información sea constructivo, con ánimo de mejorar, y no para que los participantes queden bajo sospecha, y sin ganas de volver a participar, por si acaso.

martes, 21 de septiembre de 2010

El tupperware

Como Leire está en la guardería, y tengo que pasar a recogerla a las 15.30, me he sumado a la masa de trabajadoras y trabajadores que diariamente desempaquetan sus tupperware en los comedores de la oficina para degustar "comida casera".

Aunque llevo poco tiempo en esta situación, y lo cierto es que no dispongo de mucho ídem mientras como, ya que el requeteídem apremia que da gusto y casi ni me siento para llegar a Castro on time (A-8, recuerdo...), he podido realizar un análisis del personal cuando se sienta frente a frente con su tupperware.

En primer lugar, yo me imaginaba un espacio con trajín de microondas, gente que se levanta al fregadero, gente que se acerca a la máquina de café. Eso, con bullicio. Y ahí no me he equivocado. Pero me lo imaginaba con un bullicio digamos que divertido, digamos que el que se supone que hay en esa hora escasa de asueto y despendole antes de volver al tajo. Nada más lejos de la realidad.

Para empezar, cuando llegas e intentas buscar un sitio para sentarte, la gente ya te empieza a mirar raro. Como encima tampoco es que sea una habitual, pues más rara todavía. "A ver quién es esta, con el maletín del portátil y su cara de velocidad". Luego, cuando sacas tu tupperware con timidez y recato, notas miraditas inquisidoras sobre tu suculento manjar, como si con ellas quisieran calcular las calorías que te vas a meter entre pecho y espalda. Y ya no te digo si se te cae el tupper de marras, que es que te ponen nerviosa con tanta miradita, y encima que todavía no le he pillado el punto a la temperatura y los tiempos del microondas, que no se me caiga el chisme se ha convertido en mi obsesión.

Por otro lado, yo es que a la gente no la veo contenta. Eso de que los vascos disfrutamos con la comida, que es un acto social y tal, pues como que no lo veo en el momento tupperware. Porque la gente come a toda prisa, articulando brevísimos comentarios que hay que cogerlos al vuelo, entre cucharada y cucharada, ya que lo que quieren es acabar pronto, para salir antes del trabajo. Si es que no levantan ni la mirada, están ahí, mirando fijamente su ensaladita, o sus macarrones, o sus vainitas, como si así se fueran a desintegrar y teletransportarse directamente a sus estómagos.

Total, que yo supongo que aunque eso del tupper se practica por ser más barato y porque así se entiende que comes más sano (yo confieso que llevo casi siempre comidita de mi amatxu, que me cuida mucho mucho :-))), lo cierto es que con este plan tan guay podemos acabar todos con una úlcera de esas de no te menees. Y total, para lo que te lo van a agradecer en muchos casos...

jueves, 16 de septiembre de 2010

El abuelo ye-ye

Hoy tenía que vacunar a mi hija, y como no es plato de gusto verle llorar solita, y como además se mueve como una lagartija y necesito apoyo logístico, ha venido mi padre desde Getxo, en periplo inenarrable (metro Bidezabal-San Inazio-Cruces+autobús Cruces-Castro Urdiales= más de una hora...). Anacleto nunca falla, que diría él.

El momento-vacuna lo hemos solventado con éxito, Leire ha lloriqueado justo en el pinchazo, pero luego se ha quedado tan pancha. Y pienso que si los adultos supiéramos proporcionar así de bien nuestros sentimientos, y ajustarlos a la realidad de las cosas y sin exagerar, mejor nos iría. Pero ese es otro tema.

Después hemos ido a un bar para dar la merienda a la peque. Le hemos puesto el babero, y mi padre la ha sentado en sus rodillas mientras yo le daba las cucharaditas sin piedad (aunque hay que decir que ella tampoco hace ascos, de hecho es la reina del momento-puré en la guardería). Para amenizar el instante, mi padre tarareaba, incluso canturreaba, las canciones que se oían en el bar, todas de la radio, bastante actuales. Y claro, la camarera ha flipado, y así nos lo ha hecho saber.

Me alegra mucho saber que tengo un padre moderno, y Leire en consecuencia, un abuelo ye-ye. Lo cierto es que me ha hecho mucha gracia, no sé yo a qué está acostumbrada esta camarera. Y es que mi padre, y mi madre también, son dos personajes del Renacimiento, ya sabéis, de esos polifacéticos que te sorprenden cada día con nuevas habilidades y capacidades.

Así que cuando el Presidente del FMI dice que hay riesgo de que se pierda una generación (la ni-ni, supongo), pienso que a lo mejor tendrían que echar mano de estos abuelos ye-ye (que imagino habrá unos cuantos), en vez de tanto comité de sabios, porque seguro seguro que daban ideas buenísimas, innovadoras y divertidísimas, para que esa generación recupere las ganas de "tirar p'lante".

martes, 14 de septiembre de 2010

Mi experiencia con los minerales III

Así fueron pasando las horas, y aquello parecía no tener fin. Bajo un sol de justicia, y con el machacón repiqueteo de los piquitos de ambos dos en diferentes puntos del escenario de trabajo, andaba yo de un lado para otro, comiendo mi manzanita, buscando un lugar donde poder mear tranquilamente (misión esta harto imposible, ya que el tipo parecía un enano saltarín y allá donde fuera, allá que me lo encontraba pico en ristre, incansable el tío). Comencé a sentir una irrefrenable fijación por mi reloj de pulsera. Ya que no daba crédito a mis ojos, más de las cuatro de la tarde, y los dos tíos de un lado para otro, intentando sacar algo de provecho entre aquella cantidad de mierda, ¡¡y sin comer!! Yo es que ya no aguantaba más, mi aguante de recién casada tenía un límite. Así que ahí me acerco a Agus, y como que no quiere la cosa, le informo convenientemente de la hora. El tío me mira sorprendido, y parece como que sale de un letargo y la panza le empieza a crujir. "Pues sí, habrá que comer", sugiere. Ya, pienso yo, es lo que se suele hacer. Que digo yo que los aficionados a los minerales también comen, porque pinta de pasar hambre no tienen no, y no creo que la variscita y las piritas estén sabrosas y ricas entre pan y pan.

Total, que nos acercamos al tipo y le hacemos la sugerencia de dar buena cuenta de los bocatas que nos aguardaban en la leonera digoo, en su maletero. Y el tío nos mira como si le estuviéramos preguntando su opinión sobre el big bang. Vamos, que parecía no tener hambre después de tanto picar. Pero parece que le damos penita y da su brazo a torcer. Eso sí, primero había que tomarse unas birritas, digo yo que no sería para celebrar los hallazgos de la mañana. Que aprovecho para informar que pese a que Agus reconoció que no había más que mierda por aquellos lares, ambos dos portaban dos buenas bolsas de piedrolos.

La idea era tomarse las birritas en el pueblo, ya sabéis, el que sale en Gente y programas de esos. Como podréis imaginar, el pueblo en cuestión era pequeñito, de esos que se recorren en un periquete sin cansarse demasiado. Pero por lo visto yo estaba equivocada y para alcanzar a ver un bar en aquella zona era indispensable coger el coche, el 4x4 que hasta entonces estaba tan tranquilito. De manera que nada, nos subimos al coche, y tras dar unas buenas vueltas, por fin encontramos una especie de bar donde poder refrescar el gaznate. Mi sorpresa fue mayúscula cuando, al bajar del vehículo, me doy cuenta de que estamos a escasos 20 metros del sitio donde hacía 10 minutos había estado aparcado el coche. Repito por si no os habéis percatado: 10 MINUTOS PARA 20 METROS. Ni en los mejores atascos de la A-8, lo juro y creedme que los he padecido.

Para no penséis que exagero y os podáis hacer una idea de la situación, os muestro un pequeño mapa del asunto:



A nada que seáis un poco avispadillos, seguro que recordáis aquello de "la línea recta es la distancia más corta entre dos puntos", que hasta yo que soy de letras me lo sé, pero el tipo este entre tanto polvo y piedrusca se debió olvidar del detalle y nos hizo un recorrido turístico por el pueblo. Insisto, 10 MINUTOS PARA 20 METROS.

Pese a todo, y mira que soy imbécil, yo seguía intentando ser positiva, y aunque el agujero de mi estómago era ya más grande que el de los astronautas de Alien, pensé que era mejor hidratarme porque al menos en la tele siempre dicen que te mueres antes de sed que de hambre, y como aquello no tenía visos de llegar al momento bocata, opté por la supervivencia pura y dura. Me trinqué casi un litro de agua... y el tipo casi lo propio de cerveza. Mira que conducía él, y si ya nos metió buenos meneos en el camino de ida y estaba sobrio, con los barriletes de cerveza que estaba trasegando comencé a ver mi integridad física seriamente en peligro. Más valía llenar pronto la panza, al menos si moría, que no fuera de hambre.

A todo esto, el fulano no paraba de hablar (entre trago y trago), de piedras. Y Agus le seguía la conversación. Que luego me dijo que no, que él también estaba harto, pero qué bien disimulaba. Con diplomáticos así, ríete tú de Carter y demás coleguillas de patio.

Calculo que serían sobre las cinco cuando nos subimos de nuevo al 4x4. Y entre que abre la escotilla de arriba (ya sabéis, cáncer de pulmón versus pulmonía, gran dilema), y guardar los hallazgos en la leonera (sí, leonera. Una ya no estaba para eufemismos), resulta que suena su móvil. Era su hermano. Y el tío nos reproduce la conversación. Por lo visto tenía su padre una enfermedad de esas con efectos escatológicos, y nos lo describió muy bien, por si nos daban los síntomas, supongo. Y luego le explicó a su hermano el planazo que tenía ese día. Que estaba con unos amigos (error), que estaban buscando minerales (si tú lo dices...), y que íbamos a ir más veces juntos en alegre birlibirloque (en ese momento Agus esbozó una mueca de risotada y yo le lancé una mirada de las mías: sobremicadáver+nilosueñes. Este "nilosueñes" a veces me da resultado, sobre todo en el tema piedras. Gracias al cual creo que sigo en mi estado civil y no viuda. Pero ese es otro tema).

Por fin arrancamos. Todavía no sabía a dónde. Pero cuando llegamos, añoré el rincón perdido que habíamos abandonado, porque el nuevo sitio era tremendo. Y lo peor es que después volví más veces, con Agus. Si es que la culpa es mía...

lunes, 13 de septiembre de 2010

A mí no me da de comer

Dice nuestro ínclito presidente del Gobierno Español, que el parado que se forma no está parado, porque está trabajando. Que se ha dado cuenta con la crisis que la formación y la innovación son fundamentales. Y que la protección social se tiene que enfocar al trabajador.

Yo me pregunto si estas profundas reflexiones las ha obtenido tras una concentración sesuda digna de obtener un honoris causa en la Universidad de Villarriba, o sin más ha sido lo primero que se le ha pasado por la cabeza cuando se han juntado todos en esas reuniones tan chupis que salen en la tele, ya sabéis, las que hacen sobre mesa de cristal, con cafecito y bollitos recién horneados.

Porque es que a mí, un suponer, si estuviera en el paro y tuviera que hacer uno de esos cursos tan interesantes del INEM (ya sabéis, uno de esos que te reciclan tanto que parece que has pasado por Corporación Dermoestética), vamos, si vuelvo a casa con esas carpetitas tan monas que te dan, pues sí, son monas, pero Leire, mi hija, que es una triperilla, intuyo que se quedaría con hambre. Porque los power point y los documentos word, así a palo seco, de momento no dan de comer. Y como se da la circunstancia que por la formación no pagan un duro (a veces incluso tienes que pagártela tú, fíjate qué cosas), pues vale que estaré trabajando, pero en plan Ong que no mola nada para el estómago.

Le doy la razón, sin que sirva de precedente, en que la formación y la innovación son importantes. Tal vez si nos hubiéramos dado cuenta antes, no estaríamos enmarronados hasta las orejas con esta crisis cuasicrónica que padecemos como quien tiene una verruga en la punta de la nariz, que se sobrelleva como se puede y se disculpa ante propios y extraños empolvándola a ver si se tapa. Que se lo pregunte nuestro ínclito Presidente a los amigos investigadores de mi marido, excelentes profesionales que han tenido que emigrar a otros países europeos para investigar en condiciones laborales decentes y no como becarios. Y luego está el tema de qué entendemos por innovación, que se llena la boca de tecnología y blablabla y nos quedamos ahí (para mí la innovación va más allá, pero en fin, ya comentaremos en otra ocasión).

Y ya lo de la protección social... en fin, suponía yo en mi ignorancia que era para el trabajador, pero con ese comentario me estoy echando a temblar...

Menudas cosas que se escuchan por la radio. Y todavía estamos a lunes, buf.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

Junta Abierta de Getxo Blog

Hoy he asistido a la novena junta abierta de la asociación de bloggers de Getxo (Getxoblog). Como siempre, Agus y yo hemos tenido que coordinarnos para poder acudir, y no trastocar demasiado los horarios de la niña, particularmente sensibles en estos momentos con su reciente estreno en la guardería.

Me ha sorprendido gratamente la nutrida presencia de asistentes, a muchos de los cuales aún no conozco (tengo que ir más veces). De todo lo que se ha hablado hasta la hora en que me he marchado (Leire obliga), me ha parecido sumamente interesante la propuesta de realizar una mesa de mujeres bloggers con influencia en Euskadi, dentro del segundo encuentro de bloggers de Getxo, previsto para el sábado 30 de octubre en el Conservatorio de Música de Las Arenas (Getxo). No me cabe duda que será un punto de partida para organizar monográficos sobre este tema, y que seguro concita el interés y la participación de un nutrido grupo de personas.

Ahora sólo nos queda formalizar la asociación, y conseguir apoyos y patrocinios para seguir avanzando en los muchos proyectos que tiene en cartera. Adelante

martes, 7 de septiembre de 2010

La transparencia

Nunca dejo de sorprenderme en mi vida profesional. Y no voy a contar nada nuevo, pero me ha llamado la atención cómo, con ocasión de la preparación de una oferta, está saliendo a la luz el verdadero quiz de la cuestión cuando se trata de implantar sistemas de información.

Y es que resulta que oh sorpresa, el cliente quiere transparencia en el servicio. Que está muy bien todo eso del último grito en tecnología, aportar equipos de técnicos superexpertos en tal o cual lenguaje. Pero que si se queda ahí, y el usuario permanece fuera, pues como que mal. Porque al final los supertécnicos se van con su megalenguaje a otra parte, y los usuarios se quedan con el pastel (a la sazón, la aplicación de marras), muchas veces sin saber por dónde hincarle el diente. Y claro, se pasa de fecha y queda en el olvido, casi casi sin estrenar.

Me llama la atención que a estas alturas, reflexiones de este tipo se consideren relevantes y novedosas. Porque a mi juicio, desarrollar aplicaciones informáticas no reviste un halo de misterio y de sofisticación que exima de un mínimo de relación personal con el cliente. Que vale que estamos en esto de la sociedad de la información, pero el contacto es el contacto, y si es cercano y con una sonrisa, pues mejor que mejor.

Vamos, que como veis yo sigo a vueltas con la gestión del cambio, con el trato social y humano en esto de desarrollar sistemas de información. Porque si donde yo trabajo empiezan a darse cuenta que esto de la transparencia es importante, ni os cuento lo que deben pensar los usuarios cuando se encuentran con equipos de trabajo que les escuchan, que atienden sus demandas, y que les acompañan en el lanzamiento de un nuevo sistema y proceso, más allá de la típica formación con presentación de power point y manual con dibujitos. Deben pensar que somos de otro planeta o algo así. En fin.

domingo, 5 de septiembre de 2010

Mi experiencia con los minerales. Capítulo II


Total, que al día siguiente allí estábamos los dos como un par de campeones, frente a la casa de nuestro "amigo", equipados hasta las cejas: por un lado, la mochila con la comida. Por otro, el material para extraer el material. Que no os lo he contado, pero cuando vamos a buscar pedruscas, mi marido lleva más equipo que Juanito Oyarzabal cuando sube al K-2: el pico, el mazo, el cincel, el papel de periódico para guardar los hallazgos (yo los leo y releo en mis ratos de aburrimiento), las gafas protectoras que no se pone, las gafas de cuando estudiaba en la Uni en plan UnDosTrés y que son las que se pone para proteger, los guantes de protección que empezó a ponerse cuando pensó que le había picado una víbora (y en realidad era una hierbecita. El tema es que a mí casi me da un infarto del susto. El directo es lo que tiene), restos de pedruscas de viajes anteriores, y polvo, muuucho polvo en las mochilas. En total, tres mochilonas, más los bastones de montaña.

A todo esto llega el tipo con lo puesto, esto es, unos vaqueros y una camisa a cuadros, que parece que se va de potes en lugar de a por piedras. Como no ha comprado pan, mi marido va raudo y veloz a comprar una barra, mientras yo espero a que el tipo saque su famoso 4x4 para meter “el equipaje” en el maletero… Bueno, llamar maletero a eso es como llamar jovenzuela a la Duquesa de Alba, porque parece una leonera entre artilugios que escapan a mi mente femenina, bolsas llenas de mierda y cestitas que no acierto a imaginar lo que pueden contener. De alguna manera que todavía no me explico, introducimos nuestras mochilas, y entre que llega Agus, pierden un poco el tiempo hablando de mapas y piedrolos y esas cosas, nos subimos al coche y comenzamos el periplo. Una y no más, Santo Tomás.

Había olvidado describir el todoterreno del tipo. Era un coche japonés de color negro y cristales tintados. Bueno, eso creo, porque tenía las ventanillas bajadas y encima tenía techo de esos deslizantes y también lo tenía abierto, con lo que el huracán Mitch nos acompañó un buen rato. Aunque para ser justos se lo tengo que agradecer porque el tío fumaba como un carretero. Vamos, que no había muchas opciones: o pillabas cáncer de pulmón como fumador pasivo, o agarrabas una pulmonía que no te levantabas.

El todoterreno venía equipado con un gps que te indicaba hasta el caminito que hubieran hecho los jabalíes entre las montañas que rodean el pueblo en cuestión. Una pasada. Confieso que me quedé embobada mirando el aparatito, y eso me entretuvo un rato mientras la pareja seguía hablando de minerales.

En unos minutos salimos del pueblo y cogimos la carretera hacia la estación de esquí, justo donde habíamos estado el día anterior Agus y yo, pero andando, claro. Con el todoterreno nos adentramos en caminos de piedra y poco transitables con un cuatroruedas. Pero claro, para eso era un todoterreno. Lo cierto es que durante el trayecto pudimos comprobar que era un coche en buen estado, sobre todo en lo que se refiere a sus frenos. Ya que cada dos por tres el tío giraba bruscamente el volante para parar en una esquina de una curva e indicarnos esta o aquella mina, que no se veía ni para atrás, pero parece que si le echabas un poco de imaginación conseguías ver una bocamina detrás de una vaca que pastaba, o un montón de piedras abandonada junto a un rebaño de ovejas.

De esta forma continuamos el camino, entre las montañas y las veredas, frenazo va, frenazo viene, parando aquí y allá. Hasta llegar a Burgos, donde continuamos el camino hasta llegar a un pueblucho con unas cuantas casas, con pinta de esos pueblos que salen en los programas de la tele tipo “Gente” o así, cuando les toca el Gordo de la lotería o asesinan a alguien en plan cafre en plena solana veraniega. Pues allí llegamos nosotros. el tipo aparcó el coche justo justo al comienzo del camino que llevaba a la supuesta cueva de Alí-Babá, y mira tú por dónde que cuando salimos del coche vemos que se le ha pinchado una rueda. Si es que tanto frenazo, tanta marcha adelante y marcha atrás no podía ser bueno, que el todoterreno también tiene su corazoncito. Y el tío, muy concienzudo él, decide ponerse a cambiar la rueda en ese momento. Calculemos que a todo esto sería ya más de mediodía, y el sol empezaba a apretar.

Cómo se cambia una rueda con el tipo este es también digno de explicar. No tiene nada que ver con los minerales, pero sirva de aviso a navegantes que osen acompañar a sus parejas en incursiones mineralógicas con otros tipos, que nunca se sabe por dónde te van a salir. Primero abrió la leonera-maletero, y sacó el instrumental para cambiar la rueda. Tras observar el desaguisado detenidamente, para ver por dónde había que sacar el tornillito, tuerca o lo que sea, Agus y el tipo llegaron a la conclusión de que no tenían ni puñetera idea, de manera que optaron por una femenina solución: consultar el manual de instrucciones del coche. ¿Femenina solución? ¡No! Con este tipo se acabaron los estereotipos, porque no sólo consultaba el manual, sino que lo tenía subrayado a fosforito a dos colores. Yo lanzaba miraditas suplicantes a Agus, pero el tío se pensaba que me estaba partiendo de risa y seguía a lo suyo, intentando descifrar por dónde puñetas se enganchaba el gato para sacar la rueda pinchada. Y el tío mientras, buscando en su manual.

A todo esto, sale de la casa de enfrente una señora de edad, preparada como de domingo en pueblos de este pelo. Y al poco rato aparca un coche cerca del nuestro. Por lo visto les hemos fastidiado el parking. Y como somos el espectáculo del momento, entre que suben y bajan equipaje a la casa, entablan una conversación de esas de verano que no lleva a ninguna parte: se ha pinchado una rueda, ¿eh? No, estamos buscando otro fosforito para adornar el manual, no te digo… Y me entero que han venido desde Madrid para dar una sorpresa a la matriarca de la familia y llevársela de picos pardos. Pues muy bien. Así de entretenida, finalmente se soluciona lo de la rueda, descargamos el material, y comenzamos la subida de una cuestecilla entre piedras y cardos, muy propia de mineros y nada bucólica, hasta llegar a la zona D. Empiezo a pensar que el tío este nos ha timado vilmente, al menos a mí, y que de alternar con visita turística nada de nada.

sábado, 4 de septiembre de 2010

La avaricia rompe el saco

La crisis económica y social que atravesamos actualmente parece que está sirviendo para que algunos se lucren a costa de otros. Con esto no digo nada nuevo, ni tampoco representa nada que dé relevancia o haga especial esta crisis frente a otros procesos de cambio padecidos a lo largo de la historia. Sin embargo, es algo que me enerva y me enciende, especialmente cuando se nos engaña con publicidad mentirosa o cuando menos, amparada en falsas verdades o en verdades parciales.

El Circo Mundial ha acampado en Bilbao con ocasión de la Aste Nagusia, y mañana domingo 5 de septiembre, mi marido y yo llevamos a nuestra sobrina de cuatro años a la sesión de las 12 horas. Podéis imaginaros la ilusión que nos hace. Entre otras cosas, la decisión la tomamos a raíz de los atractivos "precios anticrisis" que se anunciaban en todos los medios de comunicación: 10 euros los adultos, 8 euros los niños. Lo que se les olvidó comentar fue:

1. Que esos precios son únicamente para las sesiones en día del espectador.
2. Que el resto de los días, el precio más barato es el de los niños en butaca no numerada, 12 euros.
3. Que para el resto de butacas, los niños pagan el mismo importe que los adultos.
4. Que si compras las entradas en El Corte Inglés, hay que pagar 1,25 euros por gastos de gestión.

Total, que la supuesta solución anticrisis no es tal, sino más bien y a mi juicio una artimaña para atraer al personal. Vista la situación, no nos íbamos a echar atrás, la ilusión de mi sobrina puede más que el importe real que al final hemos pagado. Pero no por ello voy a dejar de manifestar mi opinión en mi blog, por lo menos para que me sirva de terapia.

Y es que esta publicidad engañosa me parece que es pan para hoy, y hambre para mañana, porque desde luego a mí no me pillan en otra. O por lo menos, si finalmente voy, intentaré no hacer caso de estos anuncios tramposos y que juegan al final con la situación que vivimos y con la ilusión de los más pequeños.

Si realmente queremos innovar y atraer al personal para que consuman, se me ocurren otras ideas:

1. Que los niños no paguen. Si tienen que ir acompañados por un adulto, al menos siempre van a cobrar una o dos entradas. El niño, al final y mirándolo egoístamente, viene a ser como el señuelo.

2. La verdad por delante. Al menos dí que esos precios son para el día del espectador.

3. Invéntate otras promociones. Y dí siempre la verdad.

jueves, 2 de septiembre de 2010

La administración y los sistemas de información

Con sumo interés he leído el post de Alberto Ortiz de Zárate sobre la administración y la necesidad de programadores, y especialmente la avalancha de comentarios suscitados en torno al mismo. El debate que se ha generado creo que debería ser una llamada de atención tanto para la administración pública como para las empresas que día a día trabajan estrechamente con ella para disponer de sistemas de información innovadores, eficaces y capaces de prestar un servicio de calidad a la ciudadanía.

Desde hace ya varios años, trabajo intensamente en diversos proyectos en el sector público, en concreto en Gobierno Vasco. Durante todo este tiempo, una de las líneas de actividad por la que se ha apostado por parte de nuestro equipo de trabajo, ha sido trabajar codo a codo con el personal técnico afectado por el desarrollo de los sistemas contratados. Ese "trabajar codo a codo" no se ha ceñido tan sólo a las ya habituales tareas de análisis, programación, implantación, y reuniones con el Comité de Dirección del proyecto para contar cómo va la cosa. Por el contrario, el usuario final ha sido y sigue siendo pilar de las tareas que realizamos. En efecto, se trabaja en directa colaboración con ellos, teniendo en cuenta sus necesidades en la práctica totalidad de los casos. Y una vez desarrollado el producto, se trabaja "a pie de mesa" con ellos, mostrándoles las utilidades, identificando los cambios de procedimiento y flujos de trabajo, asistiendo de manera personalizada en sus primeras tareas con los nuevos sistemas.

Realmente se trata de una actividad nueva, de una actividad difícil de explicar incluso en el ámbito de mi propia empresa. Tal vez porque el acompañamiento al usuario de una manera cuasicontinuada, implicándose en su día a día, en sus dificultades, en sus problemas, en sus propuestas de cambio y de mejora, no es una tarea "técnica", por decirlo de alguna manera, sino más bien una tarea humana y social, imprescindible para que los sistemas de información cumplan los objetivos que he expresado más arriba: calidad, eficiencia, mejor servicio a la ciudadanía.

Entiendo que cuando se proponen nuevas formas de hacer tecnología dentro de la Administración, uno de los pilares a tener en cuenta debiera ser esta tarea, ya sea realizada por personal interno, o por personal externo. No sé si la solución está en tener un cuerpo de funcionarios programadores, pero sí tengo claro que lo primero es que el personal directivo, los cargos políticos, se crean de verdad los objetivos y necesidades a cubrir por los nuevos sistemas de información, por la tecnología a implantar, y que tengan en cuenta la realidad de la actividad y el trabajo diario del personal al servicio de la ciudadanía, más allá de los vaivenes del curso político y de quién ocupe o no la silla del poder. Con esto ya daríamos un paso importante para definir sistemas realmente necesarios y, ya puestos y para que los mismso tengan visos de ser utilizados con garantía de continuidad, estaría bien en plantear roles de actividad como el que realizamos en los proyectos donde trabajo. Los resultados alcanzados en ellos me animan a proponerlo, creo que merece la pena contar con el usuario y acompañarlo en su inmersión en los sistemas de información. Desde luego, nosotros apostamos por esta línea.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Mi experiencia con los minerales. Capítulo I

A mi marido le gustan los minerales. Podía gustarle el fútbol, el mus, la caza o el piragüismo. Pero no. A mi marido le gusta entrar en minas y/o en canteras abandonadas (o no, que no sé qué es peor), mazo en mano y casco en cabeza, e intentar birlar alguna muestrita de pedrusco digna de exponer en su colección o de vender por eBay para continuar con la afición.

Yo no tengo nada en contra de este hobbie. Cosas más raras se han visto y al fin y al cabo, tiene un alto valor añadido: el contacto con la naturaleza es cuasi permanente, se alcanza un grado de conocimiento de la geografía política española que ya quisiera el de “Un país en la mochila”, y con un poco de suerte, se consigue superar el momento bocata y se degusta la comida propia de los alrededores (una de las pocas razones buenas para acompañarle).

Fuera parte de las dudas que me surgen cuando acompaño a mi marido en estas incursiones mineras (por ejemplo, qué pensarán los mineros de verdad de esta gente que entra en sus lugares de trabajo… ¡a divertirse!), uno de los elementos más característicos es la catalogación del aficionado a los minerales (me resulta indiferente que después los venda, o no). Me explico: yo acompaño a mi marido donde haga falta, que mira que no tengo problema porque al final siempre se complementa con alguna visitilla turística más urbanita o incluso a algún restaurante majo. El tema está cuando vamos con más gente. Porque mi marido está suscrito a una lista de distribución, que es una especie de conversación gigante a través de internet que se montan algunos sobre un tema, y la gente se va apuntando y apuntando hasta organizarse un diálogo de lo más intenso. Y claro, como es por internet y encima sólo hablas de piedras, pues tampoco te da pie a conocer en realidad cómo es la persona en cuestión. Y de eso sólo te das cuenta cuando ya has quedado con él o con ellos, estás donde Cristo dio las tres voces y encima te han llevado en coche y no tienes forma de huir.

Eso es lo que me pasó a mí la primera (y la última) vez que acompañé a mi maridito en su incursión minera con más “gente experta”.

Estábamos tan ricamente disfrutando de unos días de vacaciones en el pueblo de veraneo de mi marido, y resulta que oh casualidades de la vida, uno de estos aficionados veraneaba también allí. Total, que un par de llamaditas de teléfono y tenemos un primer encuentro cervecita en ristre, en una ronda de poteo por los bares (que no son pocos) del lugar.

Mi marido únicamente hablaba de minerales. Pero yo, que no crucé más palabras que “hola” y “adiós”, porque de variscitas y demás piedrolos no tengo ni puñetera idea, me dediqué a observar al personaje. Nos llega el hombre, un cuarentón sin terminar de hacer, con una bolsa que contenía algunas pedruscas de muestra y un montón de mapas del pueblo, que mira que es pequeño, pues no sabéis la de cosas que salen en el mapa. Lo de llevar pedruscas de muestra es una costumbre habitual en este mundillo, es como cuando llegaba Hernán Cortés a un territorio inexplorado y entregaba a los aborígenes un par de cazuelas; vamos, que así sabes que vas de buen rollo, que eres un tío majo y tal.


Una de las cosas que me llamó la atención del tipo, era un tic nervioso que tenía cada vez que le preguntabas algo. Al principio pensaba que sonreía en plan cortés porque no nos conocía, pero luego me dí cuenta de que aquello no era por ir en plan simpático, sino que es que era así, venía con el pack. Y es que el tío cuando te escucha ladea ligeramente la cabeza hacia ti y esboza una sonrisa de panoli que no sabes si se está riendo o se está aguantando un pedo.

El encuentro preliminar o de acercamiento duró aproximadamente dos horas, tiempo durante el cual dio tiempo a tomar cuatro cervezas y dos mostos (voy a odiar esta bebida el resto de mi vida), a respirar la sana atmósfera creada por sus Chesterfield, a ventilar el montón de mapas que sacó de su bolsita de plástico, y por supuesto, a hablar un rato largo de minerales. Por suerte para mí, los bares tenían la tele encendida, nunca antes había estado tan puesta en deportes.

A eso de las 00.30, y como digo tras dos horas largas de conversación entre dos y de vacío para mí (ya sé lo que significa “mujer florero”), el colega propone una excursión para el día siguiente, que combina según él, la apasionante aventura de atravesar la Sierra de la Demanda en todoterreno, coger algunos minerales en un par de pueblos de Burgos, y regresar al pueblo a una hora razonable para seguir disfrutando de sus fiestas. Y como una imbécil, me creí el plan y me apunté. Craso error. Tenía que haberme dado cuenta cuando esa noche ya me quedé sin el sabroso batido prometido por mi marido y por el que mis glándulas salivares llevaban trabajando a destajo toda la tarde. Pero no, me dejé convencer. Si es que esto me pasa por estar recién casada…

Nota:

Visto el interés por semejante relato (completamente verídico por cierto), aquí van los links al resto de capítulos. Que no os penséis que la cosa terminaba aquí, que todavía sufrí lo indecible...

Capítulo II.
Capítulo III.
Capítulo IV.