miércoles, 1 de septiembre de 2010

Mi experiencia con los minerales. Capítulo I

A mi marido le gustan los minerales. Podía gustarle el fútbol, el mus, la caza o el piragüismo. Pero no. A mi marido le gusta entrar en minas y/o en canteras abandonadas (o no, que no sé qué es peor), mazo en mano y casco en cabeza, e intentar birlar alguna muestrita de pedrusco digna de exponer en su colección o de vender por eBay para continuar con la afición.

Yo no tengo nada en contra de este hobbie. Cosas más raras se han visto y al fin y al cabo, tiene un alto valor añadido: el contacto con la naturaleza es cuasi permanente, se alcanza un grado de conocimiento de la geografía política española que ya quisiera el de “Un país en la mochila”, y con un poco de suerte, se consigue superar el momento bocata y se degusta la comida propia de los alrededores (una de las pocas razones buenas para acompañarle).

Fuera parte de las dudas que me surgen cuando acompaño a mi marido en estas incursiones mineras (por ejemplo, qué pensarán los mineros de verdad de esta gente que entra en sus lugares de trabajo… ¡a divertirse!), uno de los elementos más característicos es la catalogación del aficionado a los minerales (me resulta indiferente que después los venda, o no). Me explico: yo acompaño a mi marido donde haga falta, que mira que no tengo problema porque al final siempre se complementa con alguna visitilla turística más urbanita o incluso a algún restaurante majo. El tema está cuando vamos con más gente. Porque mi marido está suscrito a una lista de distribución, que es una especie de conversación gigante a través de internet que se montan algunos sobre un tema, y la gente se va apuntando y apuntando hasta organizarse un diálogo de lo más intenso. Y claro, como es por internet y encima sólo hablas de piedras, pues tampoco te da pie a conocer en realidad cómo es la persona en cuestión. Y de eso sólo te das cuenta cuando ya has quedado con él o con ellos, estás donde Cristo dio las tres voces y encima te han llevado en coche y no tienes forma de huir.

Eso es lo que me pasó a mí la primera (y la última) vez que acompañé a mi maridito en su incursión minera con más “gente experta”.

Estábamos tan ricamente disfrutando de unos días de vacaciones en el pueblo de veraneo de mi marido, y resulta que oh casualidades de la vida, uno de estos aficionados veraneaba también allí. Total, que un par de llamaditas de teléfono y tenemos un primer encuentro cervecita en ristre, en una ronda de poteo por los bares (que no son pocos) del lugar.

Mi marido únicamente hablaba de minerales. Pero yo, que no crucé más palabras que “hola” y “adiós”, porque de variscitas y demás piedrolos no tengo ni puñetera idea, me dediqué a observar al personaje. Nos llega el hombre, un cuarentón sin terminar de hacer, con una bolsa que contenía algunas pedruscas de muestra y un montón de mapas del pueblo, que mira que es pequeño, pues no sabéis la de cosas que salen en el mapa. Lo de llevar pedruscas de muestra es una costumbre habitual en este mundillo, es como cuando llegaba Hernán Cortés a un territorio inexplorado y entregaba a los aborígenes un par de cazuelas; vamos, que así sabes que vas de buen rollo, que eres un tío majo y tal.


Una de las cosas que me llamó la atención del tipo, era un tic nervioso que tenía cada vez que le preguntabas algo. Al principio pensaba que sonreía en plan cortés porque no nos conocía, pero luego me dí cuenta de que aquello no era por ir en plan simpático, sino que es que era así, venía con el pack. Y es que el tío cuando te escucha ladea ligeramente la cabeza hacia ti y esboza una sonrisa de panoli que no sabes si se está riendo o se está aguantando un pedo.

El encuentro preliminar o de acercamiento duró aproximadamente dos horas, tiempo durante el cual dio tiempo a tomar cuatro cervezas y dos mostos (voy a odiar esta bebida el resto de mi vida), a respirar la sana atmósfera creada por sus Chesterfield, a ventilar el montón de mapas que sacó de su bolsita de plástico, y por supuesto, a hablar un rato largo de minerales. Por suerte para mí, los bares tenían la tele encendida, nunca antes había estado tan puesta en deportes.

A eso de las 00.30, y como digo tras dos horas largas de conversación entre dos y de vacío para mí (ya sé lo que significa “mujer florero”), el colega propone una excursión para el día siguiente, que combina según él, la apasionante aventura de atravesar la Sierra de la Demanda en todoterreno, coger algunos minerales en un par de pueblos de Burgos, y regresar al pueblo a una hora razonable para seguir disfrutando de sus fiestas. Y como una imbécil, me creí el plan y me apunté. Craso error. Tenía que haberme dado cuenta cuando esa noche ya me quedé sin el sabroso batido prometido por mi marido y por el que mis glándulas salivares llevaban trabajando a destajo toda la tarde. Pero no, me dejé convencer. Si es que esto me pasa por estar recién casada…

Nota:

Visto el interés por semejante relato (completamente verídico por cierto), aquí van los links al resto de capítulos. Que no os penséis que la cosa terminaba aquí, que todavía sufrí lo indecible...

Capítulo II.
Capítulo III.
Capítulo IV.

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