lunes, 7 de mayo de 2012

Un conentario sobre la final...

Mi hija grita Athleeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeetic Riau!! a todas horas, en cualquier esquina, como si le fuera la vida en ello. No para de apuntar con el dedo todas las ventanas (que son muchas), que aparecen jalonadas con las galas rojiblancas, en un loable intento de llamar a las hadas para que en las dos finales que tenemos en ciernes, una luz ilumine de nuevo esa gabarra (que por cierto, ¿dónde está?).

Puedo llegar a entender que mi hija, que sólo tiene dos años, se empape hasta el duodeno de este delirio colectivo, por eso, porque sólo tiene dos años, y todo lo que sea fiesta, cánticos y divertimento, es lo más de lo más. De manera que es su ilusión, que conste, y no la locura de los vizcaínos de pro, la que mueve a sus progenitores a colmar sus ilusiones futboleras, cuando aún no tiene muy claro qué es eso del "fugbol". Ilusiones que se traducen en tener un body del equipo, y acudir el miércoles a la plaza de la estación a que le pinten de rojiblanco esos papotes tan preciosos que tiene.

Ahora bien, con la que está cayendo, con las chachinoticias que tenemos día sí y día también, con los dramas humanos que nos azotan bien de cerca en estos momentos de crisis, asistir a colas interminables para comprar una entrada que permita ver el partido en un pantalla gigante en San Mamés, o gastarse un pastizal para ir a Bucarest, sinceramente, me parece una bofetada en la conciencia social.

Me parece muy bien que la gente esté con su equipo de toda la vida, que se emocione, y que anime al personal. Pero una cosa es eso y otra emborracharse de una gloria efímera hasta el coma etílico, sin pararse a pensar que tal vez, sólo tal vez, alguno o alguna por ahí está haciendo el agosto a costa nuestra, mientras nosotros solamente vemos pasión rojiblanca, bilbainada total.

No estaría mal algún gesto que realmente convierta a este nuestro equipo en un auténtico héroe. Como por ejemplo, donar las primas que pudieran percibir, o que ya hayan percibido por este periplo hasta la final, a todos aquellos parados que tienen que acudir a las puertas de la parroquia no necesariamente más cercana para pedir comida (yo misma lo vi el otro día en mi parroquia, y fue desolador). Si se les ocurriera alguna iniciativa de esas, yo también pondría el banderín en mi ventana.