domingo, 8 de enero de 2012

Ilusión, que no obligación

Dice mi marido que él no hace regalos devueltos, es decir, que no regala porque le regalan a él, sino sencillamente porque le sale de las narices. Esta costumbre es muy saludable, sobre todo para el receptor de los regalos, que si por un casual es lector de mi blog, habrá encontrado una auténtica bicoca en estas primeras líneas.

Será que yo soy una perra egoistona, pero no estoy del todo de acuerdo con esta máxima, sobre todo cuando tienes la sensación de que te están tomando el pelo. Y es que la Navidad es una ocasión muy propicia, para ver de qué están hechas las personas que te rodean.

A ver si me explico. Me da igual que sea Navidad, un cumpleaños o una onomástica. Yo cuando hago un regalo, intento ponerme en el lugar del otro, pongo en alerta mis cinco sentidos para detectar necesidades, gustos e ilusiones, lo pongo en la balanza con mis posibilidades económicas, y voilá!, me lanzo a comprar ese regalo. Para mí, casi más importante que el momento de la entrega es el momento de su compra, de preparar lo que será el instante de su recepción. Y por ello me desvelo por todo aquello que rodea al regalo en sí, a saber, el papel de regalo, algún detallito por escrito, y chorradillas por el estilo.

Viendo o mejor dicho, leyendo, cómo soy, entenderéis que me pongo un poco enferma cuando la gente me pregunta qué quiero por Reyes, por Olentzero o porloquesea, cuando faltan dos días para el evento. Y que si no quiero nada o no sé explicarme en ese instante, cuando me lanzan la pregunta a bocajarro, como si tuviera una lista de deseos perenne en mi cabeza, va y me dicen que me dan dinero.

A ver. A estas alturas de la película, que me digan estas cosas pues ni me va ni me viene. Lo cierto es que gracias a Dios necesito muy pocas cosas materiales. Pero sí que me enciendo cuando me lo preguntan para mis hijas, y más cuando se trata de la familia. Y es que cuando tienes una peque recién nacida y otra saladísima con sus dos añitos, das por supuesto que la capacidad creativa del personal se incrementa de forma superlativa al verlas tan graciosas ellas, y que el amor y el cariño que desprenden por todos sus poros es suficiente droga como para insuflar ideas y ánimo para indagar y procurar ser el que gane su ilusión.

Cuando hablamos de hacer regalos para los niños en definitiva, y más en las fechas navideñas, no debería quedar la sensación a los padres de que nos están haciendo un favor, que al "regalante" le resulta un coñazo hacer estas cosas, y que están deseando que pasen estas fechas para dar por cumplido el expediente y seguir con sus actividades múltiples y divertidas.

Cuando hablamos de hacer regalos para los niños en definitiva, y más en las fechas navideñas, y más cuando estamos en familia, es preciso, a mi entender, atender a todos los pequeñajos y pequeñajas de la familia por igual, sin distinciones, haciendo las renuncias y los esfuerzos que merecen. Porque son pequeños pero no son tontos. Y sus padres, tampoco.

domingo, 1 de enero de 2012

Magia

A estas alturas de las fiestas navideñas, supongo que queda de más decir que nuestra pequeña Leire, con dos años recién cumplidos, las está disfrutando como lo que es. Y sinceramente me pregunto con temor qué será de ella cuando terminen estas fiestas, haya que empaquetar de nuevo el árbol, el Belén y la figurita de Olentzero, y volver a la rutina del colegio.

Y es que a pesar de los quebraderos de cabeza que nos dan las dos pequeñas princesas todos los días, que cuando no duerme una no duerme la otra. A pesar de estar todo el día con la teta fuera, tan glotona que es June. A pesar de los mimos y mimos de Leire, que quiere como sea marcar su territorio. A pesar de no tener tiempo para nosotros mismos como pareja, ni individualmente siquiera para poner en orden nuestras ideas. A pesar de todo, estas fiestas están siendo increíbles.

Hacía tiempo que no me emocionaba en la cabalgata de Olentzero, básicamente porque no iba a verla. Me veo a mí misma mirando con avidez las agendas municipales e intentando hacer encaje de bolillos para llevar a Leire a todo lo que pueda. Y no hay nada en el mundo que pueda mejorar su mirada expectante, su sonrisa nerviosa y, en definitiva, su cara de ilusión ante tantas y tantas cosas nuevas que pasan ante sus ojos.

Cierto es que hay algunas cosas que no me están gustando demasiado y que tendremos que ir mejorando de cara al año que viene, y que fundamentalmente se centran en el rollete consumista de estas fiestas, que Leire está todo el día con la palabra "regalito" en su boca y no creo que sea bueno. Aunque no es cuestión de obsesionarse, no está de más hacer propósito de enmienda en este tema para el año que viene, más que nada para que vaya comprendiendo el espíritu de la Navidad, lo que significa al menos para algunos, y para que aprenda a valorar aquello que se le regala. Que por ahora lo hace, pero porsiaca...

Si ella lo va a pasar mal cuando terminen las fiestas, no quiero pensar cómo me voy a sentir yo. Porque vivir la Navidad con niños es recuperar la magia de estas fiestas, aquella que sentíamos hace ya una porrada de años. Y eso, de verdad, es genial.