lunes, 10 de mayo de 2010

Aeropuerto

El viernes por la tarde, Leire y yo quisimos dar una sorpresa a aita, a la sazón mi marido, que venía de Barcelona procedente de un Congreso. Así que nos montamos en el coche, en una tarde lluviosa y desapacible como pocas (aún más sangrante en mes de mayo, en fin...), y enfilamos para el aeropuerto de Loiu.

La peque se quedó dormida al empezar el runrún del coche, y yo ya estaba creando en mi imaginación la tierna escena del encuentro: Agus apareciendo por la puerta de llegadas, y yo con Leire en el cochecito, mirando por la cristalera enorme desde donde los que esperamos vemos a los que llegan.

Lamentablemente, al llegar, esta ilusión se desvaneció con las gotas de la lluvia. Y nunca mejor dicho, porque el aeropuerto está patas arriba por las obras. Y yo entiendo que tenemos que tener paciencia, que el que quiere presumir tiene que sufrir y tal. Pero para subir a la zona acristalada y ver a los que llegan, sólo hay unas escaleras de cemento espantosas. Total, que si eres cojo o tienes una peque en un cochecito como la menda, te tienes que quedar fuera esperando, en este caso y por las obras con un frío que pela.

Y lo peor no fue la decepción. Lo peor fue que al preguntar a un empleado del aeropuerto sobre la posible existencia en un futuro no muy lejano de un ascensor que nos elevara a esa entrañable cristalera, me sonrió (por no llorar) y me dijo que no, que ya se lo habían preguntado ya, pero que de ascensor nada. Vamos, que si cuando termine la obra sigues siendo cojo, o tu peque sigue necesitando un cochecito, pues lo tienes chungo para disfrutar de ese entrañable momento, salvo que algún alma caritativa se anime a elevarte por las escaleritas de marras...

Así que yo me pregunto, ¿para qué tanto chupidiseño en nuestros edificios públicos o de uso público, si la accesibilidad sigue brillando por su ausencia?

Enfins...