viernes, 29 de octubre de 2010

HARTA

Pues sí, estoy harta.

Estoy harta de tener que dar explicaciones constantemente sobre una serie de cuestiones que afectan strictu sensu a mi vida personal y más en concreto a mis habilidades como madre. Que vale que sea madre primeriza, pero para Leire, mi hija, soy su única madre, y por tanto y por las capacidades que el título me confiere, la única con cierta autonomía, junto a su padre, en su educación y velo.

Y es que estoy hasta las narices, por decirlo de manera suave, de tener que explicar hasta cuándo pienso dar teta. Estoy harta de escuchar eso de "mi amiga Piluchi le dio teta hasta que tuvo cuatro años". ¿Y? ¿Dónde está el problema?

También estoy harta de tener que escuchar tonterías del pelo de "hay que llevar a los niños a la guarde porque así se inmunizan, y además, se socializan". Pues nada, todos a apechugar como campeones, a lastrar ellos patologías cuasi permanentes y nosotros, los padres, una angustia vital, por el prurito de llegar a ese gran objetivo que es minimizar las enfermedades en el futuro, y convertirlos en unos grandes conversadores. Y digo yo, que a mí el tener resfriados, gripes, gastroenteritis, anginas, etc. casi todos los años, no me ha inmunizado de nada, y ando cerca ya de los 40. Y no fui a la guardería y no me considero una asocial. Pero claro, soy madre primeriza. Y por lo visto una blanda si decido sacarla de la guarde y que ande libremente disfrutando de los padres y de la familia, en lugar de chuparse los virus de los peques malitos aparcados por sus padres en la guarde (actitud esta que no logro entender, pero como debo ser una madre rancia y del siglo XVII, pues también me lo discuten).

Vale que el mundo actual no facilita precisamente la conciliación. Vale que en este mundo en que vivimos un par de sueldos en casa vienen que ni pintado, y que la liberación de la mujer blablabla hacen que suene a sacrilegio plantearse la sola idea de abandonar el trabajo. Ok, me rindo, resulta difícil hacer esa renuncia. Pero existen otras opciones, por lo menos en mi caso: teletrabajar, ponerte por tu cuenta, y contar con la inestimable ayuda de terceros, pongamos por ejemplo de los abuelos, esos héroes a los que ya me he referido en alguna ocasión. ¿Que puede ser un acto de egoísmo? Tal vez. Y quienes opinen eso, están en su perfecto derecho de hacerlo. Pero mi madre está enamorada de su nieta, ya no contaba con tener ninguna, es la única que tiene, y alucina con ella cada vez que la tiene en brazos. Y a mí me encanta ver a mis padres con la niña, ver cómo disfrutan. Además, tampoco voy a dejar a la niña hasta que cumpla los 18, ni quiero esclavizar a nadie. El que no quiera cuidarla que lo diga y punto. Sin problema. Para eso estamos. Se trata tan sólo de que Leire supere su período de bebé con las menores patologías posibles. Que parece que a la gente le pone cachonda eso de contar los males de los bebés. Como si fueran trofeos de guerra. Yo prefiero contar que dice "papapa", o que corretea como Fernando Alonso. Eso sí que me pone.

Diré más. Que yo sea madre, y mis padres, abuelos, me ha hecho ver las cosas desde otra perspectiva. Y me atrevo a decir que les necesito más que nunca, como persona, no porque cuiden a mi hija. Me atrevo a decir que estoy volviendo a la misma dependencia que tiene Leire conmigo. Y no quiero perderme eso, ni muchas otras cosas, entre idas y venidas a Urgencias, mientras mi hija va sumando puntos en la lucha por la inmunidad.

Así que, a todas las pediatras de frutería, esas que saben de todo, que te cuestionan todo, que te preguntan obviedades y gilipolleces en cuanto te ven cruzar el umbral: dejadme disfrutar en paz de mi hija. Soy su madre, y junto con su padre, somos los que decidimos.

lunes, 25 de octubre de 2010

Segundo encuentro de voluntariado de CEAR-Euskadi

Un año más, CEAR-Euskadi ha brindado a sus voluntarios la oportunidad del (re)encuentro y de la reflexión, cosa bastante importante en un mundo como este en el que habitamos, donde se vive tan rápido que no tienes tiempo casi ni de pararte a respirar.

En esta ocasión, Mundaka fue el centro de operaciones, y su albergue ha sido el escenario para las dinámicas, charlas, y demás actividades que han ocupado sábado y domingo. Lamentablemente, no puedo reportar cómo ha ido el fin de semana completo, ya que el cordón umbilical con mi peque no está cercenado del todo y aún hoy me cuesta horrores separarme de ella, de forma que tan sólo ha acudido a la sesión del domingo por la mañana, que se centraba sobre el proyecto ERANIA.

No voy a explayarme ahora sobre qué es ERANIA, diré únicamente que es un proyecto para la investigación y puesta en marcha de herramientas que favorezcan la convivencia entre diferentes culturas. Sin duda, es un proyecto muy interesante, cuyo desarrollo y planteamiento podría y debería dar la vuelta a las políticas públicas en materia de inmigración, para dejar de hacer esa distinción entre unos y otros, y hablar únicamente de convivencia entre personas. Porque, tal y como se ha dejado entrever en el debate suscitado durante el encuentro, la convivencia está empezando a dejar ser una cuestión de conflicto entre culturas, para convertirse en un problema endémico de nuestra sociedad. Nos referimos claro está a la falta de dicha convivencia, a ese individualismo recalcitrante que nos invade y nos llena de orgullo, a esos que nos decimos autóctonos. Así que cuando, gente con un conocimiento social que ya nos gustaría a muchos, arriba a nuestras costas, a nuestros aeropuertos, a nuestras fronteras en definitiva, con ilusión y ganas de enseñarnos todo lo que alguna vez dejamos atrás por esta globalización y este supuesto Estado del bienestar (permitidme que me ría un poco de este término...), pues vamos y empezamos a soltar argumentos a la defensiva, uno detrás de otro, sin dejar contra argumentar, por el terror absoluto que nos inspira el cambio, lo desconocido, la novedad.

El encuentro ha servido para poner sobre la mesa muchas iniciativas y reflexiones interesantes en aras de dicha multiculturalidad: la distinción dialéctica entre inmigrantes y autóctonos, o la vigencia de la Ley de Extranjería,  murallas cada día más altas que nos separan y que lejos de solucionar, complican más las cosas. Se han propuesto talleres de cocina multiculturales, días sin inmigrantes (no nos damos cuenta de lo que tenemos hasta que no lo tenemos...), o bancos del tiempo.

Y al final, cuando me paro a pensar sobre todas estas iniciativas tan innovadoras, pienso que no estaría mal proponerlas en mi barrio, donde no sé yo si vive algún extranjero. Porque no me saluda el vecino de arriba, ni el del piso de enfrente, ni qué decir de los del portal contiguo...

Lo dicho, que esto de la convivencia clama soluciones YA. A lo mejor así se construía un camino sólido para resolver muchos otros conflictos, y no sólo los interculturales.

Gracias a todas las personas que participasteis en el encuentro, siempre me enseñáis un montón y generáis en mí las ganas de continuar en este proyecto, para seguir aprendiendo de vosotros y vosotras.

lunes, 18 de octubre de 2010

Las dos caras de una misma moneda

Está claro que el noble hecho de trabajar no tiene el mismo significado para todos, y como dicen que para muestra un botón, hoy me voy a cebar un rato con el gremio de los médicos, porque tengo a Leire con gastroenteritis y en estas situaciones es cuando a una se le hincha la vena en plan María Patiño.

Como os digo, resulta que ayer Leire comenzó a vomitar por la tarde, y como la primera la lanzó sin avisar, como suelen ser, y estábamos cerca del centro de salud de Castro Urdiales (del centro "viejo"), nos acercamos para que la examinaran de urgencia. Vaya por delante que a mí no me hace mucha gracia este servicio de urgencia, entre otras cosas porque no tienen pediatría en este caso, y te atiende un profesional que lo mismo examina la gota de un jubilado que los mocos de un recién nacido.

Total, que entramos, y nos atiende un fulano, por llamarlo de alguna manera, que más que un médico parecía un enterrador de la pinta de triste, rancio, amargado y soso que tenía el tío. Parecía salido de las pelis de Western que suele ver mi padre. Le cuento lo que pasa, y me dice que descubra a la niña para mirarla. A todo esto, Leire berreando como un cerdo en su San Martín, y yo nerviosa intentando desabrocharle el jersecito, tarea harto difícil ya que estaba empapado de vómito. Y el tío, sin inmutarse, que sentía yo su aliento de muerto viviente en mi espalda, y me estaban entrando unas ganas locas de calzarle un guantazo por insensible y luego tirar para Laredo o para Cruces. En lugar de eso le pedí a Agus que me ayudara.

Después, un exámen en plan Fernando Alonso, que casi me ahoga a la niña con el achuchón que le metió en la garganta. Todo para recetarnos un mucolítico, leche de Soja en lugar de leche materna (aquí es cuando concluí que era un inútil integral), y controlarle la fiebre.

Como Leire continuó vomitando, y mi agobio de madre primeriza me amenazaba in extremis, nos la llevamos a Cruces. Desde la persona de recepción, hasta la enfermera que nos recibió en la unidad de observación para ver cómo respondía a una toma de leche materna, pasando por la pediatra que nos atendió, todos, sin excepción, demostraron no sólo profesionalidad y conocimiento, sino una humanidad extrema, y un cariño y consideración que son fundamentales.

Y es que en toda profesión, pero entiendo que más en la médica, y aún más en la especialidad de pediatría, está muy bien ser el cojoprofesional digno de Nobel, pero sinceramente, si se es un petardo maleducado e insensible, pues no sé si compensa.

Por cierto, lo de Leire no eran flemas. Era gastroenteritis. El mucolítico, que se lo tome el enterrador, a ver si le anima un poco. Y la leche de soja, pues que le meta un chute con orujo, a ver qué tal. Todos con los que he consultado me han dicho que siga con mi teta. En ello estamos.

sábado, 16 de octubre de 2010

Mi experiencia con los minerales. El desenlace.

Y ahí estaba yo, con un agujero en el estómago más grande que el de la capa de Ozono, anhelando esa nueva parada donde se suponía que, por fin, íbamos a degustar nuestras viandas, que por otro lado estarían ya criando, desde la hora en que la suegri nos había preparado los bocatas.

La siguiente (y última, gracias Señor) parada de este periplo inenarrable (e irrepetible, a riesgo de nuestro matrimonio) era Pineda de la Sierra. Un pueblecito agradable, de esos de paso para tomarse un cafecito en el bar-restaurante, con el par de paisanos que no se terminan nunca su café con gotas, con aroma a tabaco rancio y al pelo quemado de las cabezas de jabalíes, corzos y ciervos que adornan las paredes. Poca luz y cuatro tapas pasadas de fecha tras el mostrador, pese a lo cual uno sigue pensando que se puede comer bien ahí, sobre todo en invierno, con tantos bajo cero... Bueno, al hilo de esta descripción os podéis hacer una somera idea de mi agujero estomacal. Y es que para no variar, antes de llegar al lugar-objetivo, el colega se trincó un par de cervecitas más. Y digo yo que tenía ya la vista nublada, de ahí que no pillara más que mierda con su chupipico de minero.

Para llegar al lugar-objetivo, había que atravesar una especie de camino sin señalizar, que sólo encontraban pirados como mi marido y el colega, puesto que había que dejar el coche en una esquina del camino, donde Cristo dio las tres voces, pero más lejos todavía, vamos, que como te lo robaran, ahí te quedabas porque estábamos en medio de la nada. Pero el tipo era precavido, y torturó un poco más a su 4x4 adentrándose por el susodicho camino, hasta que ya vio que la cosa se ponía chunga (que no era el coche fantástico. Los de mi época me entienden), y no le quedó otra que ir a pie. Que no os lo he contado, pero parece ser que eso de ser aficionado a los minerales y con gusto por el deporte no debe ser muy compatible, y no son pocos los que tienen coches de tercera y cuarta mano para traquetear con ellos casi hasta la puerta de la mina, todo por no desgastar las botas. Pero bueno, dejo para mejor ocasión mis impresiones sobre esta parte de la vida del aficionado a los minerales, porque si no más de uno me va a coger ojeriza y no es cuestión de fastidiarle las ferias a mi marido. Para uno que lo ve como forma de hacer ejercicio...

Volvamos al tema. Estábamos ya fuera del coche, y tras caminar un ratito (no mucho), llegamos por fin a la bocamina (qué términos más chulos estoy aprendiendo), a la sazón un agujero soportado por unas tablas de madera desvencijadas, pasto de arañas y demás bichitos, lleno de polvo y, cómo no, de mierda, gran protagonista de la jornada. Flanqueaba el paisaje un riachuelillo que discurría paralelo a una tubería gigantesca en plan anaconda que no presagiaba nada bueno. Y no me equivoqué. Porque el oasis para comer estaba al final más o menos de aquel enorme tubo, y tuvimos que caminar por una especie de terraplén que según el tipo prometía piezas prodigiosas de piedrolos, hasta llegar a un remanso del citado riachuelillo.

Nos acomodamos en unas rocas, prestos a degustar las viandas. En serio que no podía creer estar viviendo este momento. Abrir la mochila para ventilar los bocatas y darles buena cuenta fue una experiencia cuasimística. Pero más místico fue ver al colega preparar su comida. Porque claro, en la leonera de su coche no podía tener preparada ya la comida. No. Eso, a las seis de la tarde que eran ya, era mucho pedir. Así que nos viene el tío con una cestita de mimbre en plan camping, y saca:

1. La botella de vino y la pone a refrescar en el margen del río. La piedra con vino entra.

2. La hogaza de pan.

3. El queso.

4. El jamón.

5. El cuchillo.

Y mientras empieza con mucha solemnidad a preparar su comida, nos cuenta la historia de su vida. Como podréis imaginar, yo me dedicaba básicamente a comer, porque su periplo vital no me importaba lo más mínimo. Pero era inevitable escucharle, en aquel lugar no vivían ni los grillos. Y además era surrealista ver preparar la comida. Con gran parsimonia cortaba los trozos de queso y jamón, y los iba colocando sobre el pan como si estuviera haciendo una figura de mecano. Y a mí ya empezaba a ponerme de los nervios y me estaban entrando unas ganas locas de arrancarle el cuchillo de la mano y prepararle yo el bocata en un pis-pas. Que pasaban ya de las seis, hombre...

A todo esto, yo ya me había terminado el bocata, y estaba dando cuenta del paquete de Filipinos que habíamos comprado. El aburrimiento hacía estragos, y amenazaba con atacar seriamente mis glúteos y demás zonas sensibles a las grasas.

El tío seguía con la historia de su vida, fiel reflejo y consecuencia de esta extraña afición, llevada por él al extremo. Y es que su vida sentimental había estado marcada por los piedrolos, que le sumieron en más de un dilema y en, según él, incomprensibles discusiones de pareja y rupturas. Claro, pobrecito. Es que las mujeres no os entendemos. Porque, ¿qué puede ser más romántico que estar todo el día con el espinazo doblado buscando piedras, zamparse un bocadillo a las seis de la tarde vaya usted a saber dónde, y volver a casa llena de polvo y mierda? Es que las tías somos muy raras...

Debo señalar además que estos instantes me sentí más que nunca como mujer florero. Porque ambos dos intercambiaron impresiones sobre el mundo de los minerales, se contaron su vida profesional, el cómo había llegado a esta extraña afición... Y yo ahí estaba, se suponía, comiendo Filipinos. Como si esa fuera mi misión vital. Ni se dignó a preguntarme "y tú, ¿qué haces?". Nada. Silencio. No, si no me extraña que se dedique a las piedras.

Los Filipinos se terminaron, y el atardecer iba llegando, gran aliado para escapar cuanto antes de allí. El colega, en un alarde de claridad de ideas, comentó que a lo mejor había que hacer una incursión por el terraplén y alrededores para intentar buscar algo antes de que cayera la noche. Yo me veía ya buscando hueco cómodo junto a la tubería-anaconda para dormir.

Buscar piedras por el terraplén, plano inclinado o como narices se llame, no es cosa cómoda. Porque si ya es un coñazo buscarlas (sobre todo si no sabes lo que buscas) en un terreno plano, podéis imaginaros la cosa cuando andas en plan mandril para no intentar desmorrarte y al mismo tiempo encontrar alguna cosa que supuestamente sea un mineral o algo parecido. Sin embargo ellos, y sobre todo, él, andaban tan campantes, como si andar retorcido fuera su estilo de vida, cual Quasimodo. En fin, que el mundo no dejará de sorprenderme.

Tras estar un buen rato con el espinazo torcido (ellos, ya que yo desistí al poco rato, y pasé al plan B: lanzar miradas de maruja asesina al fulano, a ver si se percataba, al menos, de la hora, que amenazaba oscuridad), decidieron buscar un ratito más, junto a la entrada a la mina. Como podéis comprobar, de maruja asesina tengo poco, o eso, o el tío es un insensible de puñetera madre, porque mis miradas no dieron resultado.

Sólo cuando el sol finalizó su jornada, y como ¡oh lástima!, no había traído linternita, entendieron que lo más prudente era volver al pueblo. No sin antes hacer nueva paradita en el bar (el de las tapas rancias de párrafos superiores), ya sabéis, para tomar las curvas como hay que tomarlas, con un par de cervecitas fluyendo por tu sangre, que es como mejor se cogen.

El regreso en coche fue en plan Fernando Alonso. De pronto el tío se dio cuenta de que estaba oscuro (de noche, se dice de noche), y no quería que le cogiera más oscuridad en la carretera (en esto casi me troncho, ahora nos salía su vena responsable. Es lo que tiene el alcohol). Así que nada, con la cerveza en el cuerpo, el techo del coche corrido, para que entre el aire, sus cigarritos mil ahumando el vehículo, y el gps dando la nota (ya no me flipaba, sólo había una línea en medio de la nada. Y es que no había nada, ni grillos. Ni lobos. Ná), enfiló a toda pastilla el camino de vuelta. Yo acurrucada en un rincón del asiento de atrás, intentando esquivar el humo del tabaco y el fresquete que entraba por la ventana. Y ellos con una conversación absurda sobre los resultados del día, y futuras excursiones para coger más mierda digoo, piedras. Lo de nilosueñes y sobremicadáver seguía vigente en esa conversación.

Creo que nunca me ha hecho tanta ilusión como entonces llegar al pueblo. Calculo que serían sobre las diez de la noche, con mierda y polvo hasta las orejas, hambre a destiempo y un mosqueo de mil pares. La despedida fue breve pero significativa. El colega ¡por fin! se dio cuenta de mi mirada, y como mi marido ya la venía viendo desde hacía bastante, no se enrollaron mucho.

La liada la tuvimos gorda al llegar a casa. Porque encima de mi mosqueo, mi marido se tronchaba de risa con mi reporting del momento vivido, y mis suegros me decían que la culpa era mía, por haberle acompañado. Que razón no les faltaba, no lo niego. Pero al menos ha servido para daros a conocer este relato, que espero que os haya gustado, y que lo difundáis entre las féminas acompañantes de aficionados a los minerales, para que no se llamen a engaño.

A disfrutar.

jueves, 14 de octubre de 2010

Mi momento de ego

A lo mejor no debería publicar esto, pero me hace ilusión.

El año pasado realicé un curso a distancia, en el marco del programa de postgrado de la UNED con la Fundación Universidad Empresa. No era el primero que hacía, lo cierto es que me gusta el formato y la metodología, de manera que lo abordo como un hobbie. Qué curioso, hace muchos años estudiar era una obligación, y ahora se ha convertido en un apasionante pasatiempo.

El curso hacía referencia a la multiculturalidad, tema de rabiosa actualidad y muy interesante para mí, ya que en mi colaboración con CEAR Euskadi siempre salen temas sumamente interesantes y me apetecía profundizar un poco más, con el propósito de hacer de esta colaboración una actividad más fructífera para todos. Las actividades y la metodología del curso prometían, con una plataforma on line, foros, áreas para albergar documentación, mucha información facilitada por los profesores, y la perspectiva de publicación en un CD de los mejores trabajos de investigación de fin de curso.

Sin embargo, al final la realidad es la que es, y por lo visto la gente no participó como se esperaba. Ello no obstante, y como soy bastante cabezona, yo seguí y seguí, y me atreví con una investigación que ya se estaba realizando en CEAR y que me parecía de gran interés. Se refería a la gestión de la multiculturalidad en las empresas y al intento de definir estrategias y metodologías capaces de evaluar los esfuerzos de las organizaciones empresariales en tal sentido, en línea con los sellos de calidad a los que ya estamos acostumbrados.

La investigación gustó tanto en el curso que aunque finalmente el CD no salió a la luz, me animaron a su publicación en la revista de Derecho de la UNED. Y ahora, de la mano de la directora del curso, tengo el placer de disfrutar de la edición impresa de mi trabajo.

Sería una hipócrita si negara que me hace ilusión. Teniendo en cuenta que cuando empecé a gestarlo también se estaba gestando Leire, con una amenaza de aborto que me tuvo unos días en la camita. Considerando que mientras lo redactaba ella se movía tan ricamente por mi panza. Y reconociendo que ella ha sido la razón por la que he renunciado a la tentación de un doctorado tal y como me proponían los promotores del curso. Pues eso, que me siento muy orgullosa de la publicación.

De todas formas, no sería justa si no agradeciera desde aquí a todas las personas que directa o indirectamente, han contribuido a que esto sea posible. En primer lugar quiero dar las gracias a mi marido Agus, que aunque me está todo el día buscando las cosquillas, se desvive para que pueda desplegar todas mis ideas y mis inquietudes. También quiero dar las gracias a la gente de CEAR Euskadi, y en particular a Rosabel Argote, algunas de cuyas ideas se plasman en mi estudio, y cuyo entusiasmo contagioso representa el eje vertebrador del trabajo que hoy veo publicado. Cómo no, dar las gracias a Salvador y Ana, profesor y directora del curso de la Uned respectivamente, que confiaron en mí y han gestionado la publicación. Me hubiera gustado hacer el doctorado para el que tanto insistió Salvador, pero Leire ha compensado esa renuncia. Y finalmente, quiero dar las gracias a todas las personas que ya se encuentran trabajando en esto de la multiculturalidad y están desarrollando interesantísimas acciones en esa línea. Algunas de ellas se recogen en este estudio, que espero que sirva para motivar otros futuros y, especialmente, acciones concretas que den la relevancia que se merece a esta nueva forma de entender las relaciones laborales y empresariales.

lunes, 4 de octubre de 2010

Qué es para mí la innovación

En uno de mis anteriores posts prometía una reflexión en torno a lo que yo interpreto que es innovación. Ya que desde hace unos años, me atrevería a decir que desde que este término se puso de moda en los programas electorales de nuestros políticos, se utiliza a troche y moche, con descontrol y auténtico despropósito.

Y es que para muchos, sobre todo para los que no lo catan, hablar de innovación es sinónimo de tecnología. Y sí, pero no. Vamos, parafraseando a Martes y Trece, puede ser lo mismo... pero no tiene por qué ser igual.

La innovación, in my humble opinion, es la puesta en valor del conocimiento y del saber hacer de las personas, sacándolo a la luz bajo fórmulas distintas a las habituales, lo suficientemente relevantes como para ser capaces de atender a demandas o necesidades ya existentes o tal vez nuevas, pero en todo caso vigentes y sin cubrir. En este contexto, es indudable que la tecnología juega o puede jugar un relevante papel, como medio e instrumento para dar forma a esas ideas. Sería absurdo negarle el protagonismo que tiene, desde el momento en que es parte fundamental de nuestras vidas, en todas sus facetas.

Sin embargo, opino que ese protagonismo debe encajar en su justo lugar, sin que llegue a cegar la valoración del proyecto, de su alcance innovador en sí mismo. Con esto quiero decir que a la hora de evaluar, pongamos por caso, un proyecto de negocio (siempre y cuando no sean proyectos relacionados con las TIC, evidentemente), no se debería supeditar todo absolutamente a si incorpora o no tal o cual tecnología, sino que se deberían tener en cuenta otras cuestiones, tanto o más importantes, como son el conocimiento, el efecto creador de la idea, su capacidad para generar negocio, su capacidad para resolver problemas o necesidades. Y luego, si además aporta un componente tecnológico para facilitarlo, pues mejor que mejor. Pero la tecnología siempre puede llegar después, siempre puede dar pie incluso a proyectos de crecimiento dentro de ese negocio, que lo encumbren y generen nuevas ideas.

Lo normal últimamente es que un proyecto innovador venga ya con una solución tecnológica debajo del brazo que le da soporte y que constituye una carta de presentación muy interesante para los agentes financiadores. Pero no estaría mal, sobre todo ahora que está cerca el Foro del Emprendimiento, que las entidades que promueven la creación de empresas valorasen los proyectos que no traen ese plus (por el motivo que sea), desde la perspectiva de su potencial innovador, entendido desde esa perspectiva amplia, centrada en el conocimiento, planteando iniciativas de conexión con empresas de tecnología que pudieran orientarles y darles soporte (y conste que con esto no estoy arrimando el ascua a mi sardina, lo juro). Creo que de esta forma se darían sinergias muy útiles, más en los tiempos que corren, ya que el nuevo proyecto quedaría más completo, y las empresas establecerían redes de colaboración que pueden ser interesantes a futuro.

Las nuevas herramientas de comunicación (redes sociales fundamentalmente), pueden contribuir muy favorablemente a esta difusión de ideas innovadoras y a esta interacción final entre conocimiento-personas-tecnología, como de hecho me consta que ya se está haciendo. Ahora sólo falta que se difunda adecuadamente para que afloren todas esas ideas innovadoras que sólo conoce, muchas veces, la almohada.