lunes, 18 de abril de 2011

El ritmo slow del reposo obligado

De nuevo, estamos embarazados. Una excelente noticia pese a los comentarios inoportunos y sorprendentes de algunas personas, que me hacen pensar, una vez más, en el atrevimiento del género humano, asociado de manera proporcional no sé si a la supina ignorancia, a supuestos aires de grandeza o, sencillamente, a una sonora falta de educación.

Dejando aparte este pequeño detalle, pero del que tenía necesidad de desahogarme en este grato diván que para mí es este blog, doy la noticia también de que estamos ya en nuestra segunda amenaza de aborto. Un susto tremendo que de momento no ha ido a más pero que me está obligando a guardar un estricto reposo.

En momentos como estos, de posición horizontal cuasipermanente, tengo tiempo para muchas cosas. Por ejemplo, para ver la televisión. O mejor, para no verla. Porque aunque parezca increible, con tanta TDT, tantos canales, tantos programas, no encuentro nada que merezca la pena. Nada. Sólo me refugio de vez en cuando en los telediarios, y en alguna que otra receta de cocina. Pero lo demás, absoluta basura.

Este descubrimiento del patetismo de nuestros medios de comunicación audiovisuales me ha permitido entregarme a otros placeres, como son la lectura, las redes sociales, y, sobre todo, la observación de mi pequeña Leire correteando de un lado a otro para volver al lado de mi cama y observarme confusa y enseñarme todo lo que pilla por el camino: juguetes, bolígrafos, galletas, trapos de cocina.

También observo a mis padres, abuelos con dedicación al 300%, día y noche, paseando, jugando en el parque, dando desayuno, comida, merienda y cena, despertándose n veces por la noche, riendo, cansándose, agotándose. Con sus achaques a cuestas, más una nieta que no para y una hija que está incubando otro huevo y no puede moverse un ápice, no sea que amenace con caerse, otra vez.

Este ritmo slow me permite, sin más, darme cuenta de que al final, lo importante es lo importante, y todo lo demás, sencillamente, no lo es. Una reflexión que puede parecer estúpida. Tal vez. Pero con todo lo que está cayendo últimamente, a lo mejor este reposo obligado ha sido providencial para que me dé cuenta de lo verdaderamente importante.

Así que nada, a seguir incubando el huevo.

jueves, 7 de abril de 2011

Que me quede como estaba

En España rozamos el 20% de paro, el Euribor amenaza con subir, los trabajadores prejubilados de la Babcock tienen que volver a trabajar para ser despedidos en un nuevo ERE kafkiano. Portugal, en un suma y sigue, se une al dudoso club de los países europeos necesitados de rescate para no caer aún más en el abismo. Y en medio de todo esto, los eurodiputados han dicho un abrumador y vergonzoso "no" a la propuesta de recortar algunos de sus privilegios, como puede ser el de viajar en primera clase en avión, por ejemplo.

Supongo que los asientos de primera y de turista serán más o menos los mismos, habida cuenta que las posaderas no conocen de élites ni clasismos, y sus necesidades son muy básicas y elementales. Eliminada por tanto esa hipótesis, toca entonces llevarse las manos a la cabeza y quejarnos con hondas lamentaciones por este insulto al resto de los congéneres que padecemos, no todos con la misma intensidad, una crisis que se está convirtiendo en algo cuasicrónico.

Nos llevaremos las manos a la cabeza y nos lamentaremos en los medios de comunicación, en esos debates mañaneros donde algunos y algunas llaman por teléfono para hacerse oír. Nos llevaremos las manos a la cabeza y nos lamentaremos en las reuniones familiares, en el rato del café en el curro por parte de quienes sigan teniendo el privilegio de trabajar, en la compra, en la cola del paro, en la residencia de ancianos...

Pero luego, cuando nos quedemos a gusto tras las lamentaciones de turno, volveremos a lo nuestro, usease, a qué pasará con el Real Madrid y el Barcelona, qué pasará con la Esteban, qué pasará con una tal Chayo que no tengo ni idea de quién es. Seguiremos tragando telebasura a cualquier hora, porque en este tiempo de baja he podido comprobar que no hay franja horaria que se libre (Dios salve a Internet). Y todos tan contentos.

Porque parece que en este mundo que vivimos nuestro nivel de aborregamiento es tal que no tenemos lo que hay que tener para levantarnos, quejarnos, movernos, intentar cambiar todo esto, de alguna manera. Nos contentamos con quedarnos como estamos, y que se nos haga notar poco, no sea que nos muevan del sitio y la liemos. El que venga detrás, que arree.

Y así nos va.

lunes, 4 de abril de 2011

Escuela de Princesas

Con esto de la próxima boda real en el Reino Unido, se ha dado a conocer la existencia de una escuela de princesas. Sí sí, habéis oído bien, una escuela donde se enseña a las niñas las artes y secretos de la vida principesca. En las imágenes de televisión se las veía muy aplicadas aprendiendo a servir té, practicando reverencias frente a una profesora con una careta de la reina de Inglaterra, o poniéndose la coronita.

Lo cierto es que hay gente por ahí que conoce la psique humana hasta extremos imprevisibles, y de esta forma los creadores de este negociete se forrarán a costa de la estupidez del género humano, que cada día se supera para sorprenderme. Y es que el cursito de marras cuesta la friolera de 3.000 euros.

Conocer esta noticia, absurda pero preocupante a la vez, se suma a la lectura del libro "El Vendedor de Sueños", de Augusto Cury, que nos invita a reflexionar sobre la sociedad actual y nos propone una nueva visión de la vida, basada en los sueños, la ilusión, el respeto y la cooperación con los demás. En este libro, la sociedad actual se define como una gran hospicio global, donde cada uno va a lo suyo, cegado por el consumismo, las necesidades creadas y el afán de reconocimiento y superación, olvidando a nosotros mismos como personas.

Sin duda, esta Escuela de Princesas forma parte de este hospicio, y nos sume aún más en este mundo del todovale, del éxito fácil, del individualismo. Hubiera sido mucho mejor para la sociedad, aunque por supuesto menos o nada lucrativo para los creadores de este negocio, montar alguna historia para que nuestros peques se formen en el arte de soñar, jugar por el mero placer de hacerlo, imaginar, inventar, ser creativos, disfrutar con los demás, compartir, amar la naturaleza, descubrir. A lo mejor incluso todo esto podría tener rendimientos lucrativos para el género humano, quién sabe.

Por otro lado, ya no voy a entrar en el tufillo machista del invento, que retorna a las catacumbas del "cómo colocar bien a mi hijita" (aunque sinceramente insisto que más que machismo, es estupidez humana del siglo XXI). Y ya por seguir profundizando en las artes de esta Escuela, digo yo que lo que le falta es un buen Master sobre cómo engatusar al Príncipe. Más que nada por rentabilizar el gasto. Porque de todas las que participen en el curso, sólo una será princesa. ¿Y el resto?