Hasta pronto, Castro Urdiales
Cuando llegué por primera vez a tí, tu belleza me pareció una bofetada de insolencia e ironía. Era un día soleado y espléndido, que contrastaba con la oscuridad de mi corazón, todavía perplejo ante los últimos acontecimientos. Llegué a tí como último recurso, en un esfuerzo desesperado por enterrar mi espejismo de felicidad y de hacer frente a la otrora realidad material de solventar los inconvenientes fiscales que este tipo de situaciones, generalmente, suelen acarrear. El destino, o Aquel que convencida estoy guió mis pasos hacia la que era mi verdadera existencia, quiso que el piso objeto de mi visita estuviera aún de obras y tuvieran que enseñarme el de la otra mano. Cuando abrieron sus ventanas, y ofreciste a mis ojos el mar, tu puerto, tu iglesia de Santa María, supe que había llegado. Confieso que los comienzos no fueron fáciles. Eran muchos los fantasmas aún por desterrar. Pero la placidez de tu clima, la sensación de anonimato y de vuelta a empezar terminaron de convence...