domingo, 29 de agosto de 2010

El rasero

No entiendo este mundo. Supongo que como todos. O eso creo. Porque a nada que me paro un poco a reflexionar, a observar, a mirar, todo va demasiado rápido, las noticias se suceden delante de nuestros ojos y no tenemos tiempo de digerirlas. Pero a mí se me quedan clavadas, siquiera sea por un instante, la mirada implorante de los niños pakistaníes en las interminables colas para conseguir un plato de algo que las organizaciones humanitarias llaman comida. Es sorprendente la condición polisémica de esta palabra, que según dónde te encuentres, puede empachar, alimentar, o simplemente, cubrir el expediente.

Yo no puedo dejar de pensar en esa mirada, en esas manos que se extienden al infinito. Y miro las imágenes de esas inundaciones que asolan un país que ya estaba bastante desolado.

Y no entiendo cómo puede ser que técnicos de la NASA lleguen en un plis-plas a Chile para rescatar a los 33 mineros enterrados en vida, y sin embargo, ante catástrofes como estas, nos limitemos sin más a informar diariamente de lo mucho que está subiendo el caudal de los ríos, de los crecientes riesgos de epidemias, y de la previsión de niños que pueden morir de desnutrición y deshidratación. Todo, por no tener los recursos.

Perdonad pero no lo entiendo. Será el síndrome postvacacional.

viernes, 27 de agosto de 2010

Foro de Emprendedores


Fuente: Irekia - Gobierno Vasco

Para más información, pulsa aquí. Y a disfrutar. Por mi parte, no sé si sacaré un rato para ir, si es así, allí nos veremos...

jueves, 5 de agosto de 2010

Héros anónimos en un mundo por conciliar

Hoy me gustaría dedicar unas líneas a esos seres anónimos, tan fuertes y frágiles al mismo tiempo, que son los abuelos y abuelas; esas personas que un día, de repente, cambiaron de título parental, y para nosotros los hijos adquirieron un rol si cabe aún más importante que el de padres, pues especialmente en estos momentos, no sólo cuidan de nosotros (no me pesa decirlo, les necesito anímicamente más que nunca... Además de por las croquetas de mi madre, claro, pero esa es otra historia), sino de nuestros pequeños tesoros, nuestros hijos.

En un mundo que se llena la boca de términos a todas luces vacíos de contenido en la práctica, como por ejemplo, se me ocurre, la conciliación laboral y familiar, contar con abuelos en plenitud de facultades es una auténtica suerte, y un soplo de sosiego para nosotros, padres primerizos del siglo XXI, expertos en feisbuk y demás 2.0, pero nulos totales a la hora de organizarnos en algo aparentemente tan sencillo como cambiar un pañal y poner la lavadora, al mismo tiempo y sin que nada ni nadie resulte dañado.

Creo que soy una privilegiada por tener a mis suegros y a mis padres, siempre dispuestos, con mil consejos que me traen a mal vivir, pero sin los que tampoco podría subsistir en mi incipiente maternidad (doy mucho la brasa). Me alivia escucharles por teléfono todas las mañanas, cuando me dan el parte de la peque: si ha dormido, si ha comido, mira qué cosas hace ya, espera que te la pongo al teléfono, ni se te ocurra que estoy currando... Y esas cositas tan ñoñas que se hacen cuando eres aita o ama reciente.

Por eso quisiera darles las gracias públicamente, desde todo lo público que puede ser este blog, rindiéndoles un humilde homenaje con estas líneas, por todo lo que día a día hacen por mi familia de a tres para que nuestra vida sea, todavía, más fácil.

Gracias.