jueves, 29 de enero de 2015

Las redes sociales y su presencia en las empresas

Hace ya unas semanas mantuve a través de Skype una entrevista muy interesante con una investigadora de la UPV, con ocasión de su tesis doctoral. El tema versaba sobre la aplicación de las redes sociales en las empresas y organizaciones en general, su importancia y la proyección en el futuro.

Personalmente he comprobado que en todo este asunto del mundillo 2.0 le ponemos muchas más ganas que empeño, particularmente en las empresas, donde auspiciadas por este clima de desconfianza y desánimo que nos ha invadido con la crisis, cual kalima implacable, resulta casi imposible intentar hacer algo que se salga de la raya sin que suene a improductivo o desleal.



En concreto, la investigadora me preguntaba por el papel de las redes sociales en el día a día de las empresas, a todos los niveles: comercial, producción, recursos humanos... No cabe duda que habrá organizaciones que lo apliquen con gran éxito, que son generalmente esos ejemplos que vemos en los medios (2.0 o no), y hacen que se nos pongan los dientes largos. Pero seamos sinceros, en la mayoría de los casos, consultar Facebook, Twitter o Linkedin en tu tiempo de trabajo es un equivalente a "sacrilegio oh mortal". Porque aunque estés investigando un asunto sobre el que dudas en tu actividad profesional, o estás buscando la mejor manera de promocionar tu producto, lo normal es que si trabajas a nivel técnico y no estás en el mundo comercial, es bastante complicado que tus superiores entiendan lo que estás haciendo.

Yo no culpo de esto a los cuerpos directivos. Digamos que es una situación que nos hemos ganado a pulso, con esta picaresca tan nuestra, que terminamos por coger el brazo cuando solamente nos dan la mano, y luego pagan justos por pecadores. Y luego, por qué negarlo, porque esta situación de crisis y de cambio de modelo nos ha puesto a todos contra las cuerdas, y las empresas se han convertido en campos de batalla donde quien más quien menos lucha por mantenerse. Virgencita que me quede como estaba.

Y sí, sí, hablamos del intraemprendedor, de la innovación... Pero como ha dicho hoy un excelente ponente en una jornada de la que hablaré en otro blog, innovar es sufrir. Porque no siempre (casi nunca) se entiende. Y cuando se entiende, ya no es muy innovador que digamos.

viernes, 2 de enero de 2015

¿Cuándo perdimos nuestro ADN emprendedor?

En el marco de una conversación muy interesante mantenida hace unos días dentro de las actividades en las que estoy cada día más enfrascada para fomentar la ciudadanía activa y el emprendimiento en el ámbito de Getxo, se lanzó una pregunta al aire: ¿cuándo se perdió?
Lo que se perdió fue la audacia, el arrojo, la decisión, la asunción de riesgos. Todas aquellas aptitudes que explotamos hasta la saciedad en nuestra infancia, ávidos de exploración y de conocer cosas nuevas. No teníamos miedo de saltar en el hinchable más alto, probábamos cualquier comida, tocábamos todo incluso lo intocable… Y si fracasábamos o nos dábamos cuenta que no era la mejor opción, buscábamos otras alternativas.
 
¿Cuándo perdimos ese espíritu emprendedor?
Nuestra interlocutora se lamentaba de la poca sustancia del alumnado universitario, aterrado ante un folio en blanco, incapaz de arriesgar, de sugerir, con pavor al fracaso y al ridículo.
¿Dónde se fracturó todo esto?
Nos atreveríamos a decir que el propio modelo educativo no facilita nada las cosas. La rigidez del modelo, las frustraciones que muchas veces los padres y las madres proyectamos en nuestros hijos e hijas, la competitividad mal entendida, la obsesión por un conocimiento que también, resulta mal interpretado muchas veces… Todo ello, corta las alas que desplegamos una vez, cuando fuimos niños y niñas. Y luego cuesta mucho hacerlas crecer de nuevo.
Es preciso que los diferentes ciclos educativos se hablen entre sí, que los proyectos tengan una solución de continuidad, que se trabaje en los valores y las competencias. Que se promuevan talleres de creatividad, de innovación, desde edades tempranas, para explorar capacidades. Que se haga una reflexión profunda sobre las inteligencias múltiples y tengamos la valentía de implementarlo en nuestros itinerarios curriculares. Menos deberes y más acción. Menos aletargar al alumnado universitario y más provocar. Porque si en Harvard el afán de la chavalería es cómo crear su propio empleo, por la piel de toro sigue plenamente vigente eso de “hijohazoposiciones”. Y así no vamos a ninguna parte.
El nuevo escenario al que nos ha abocado esta crisis que ha venido para quedarse más tiempo del que quieren hacernos creer, obliga a tener en cuenta estos aspectos. Porque solamente una ciudadanía emprendedora, activa y comprometida con su entorno será capaz de mover lo que hay que mover, para mejorar las cosas. Y si la legislación educativa sigue siendo tan rígida que no facilita las cosas, entonces habrá que echarle imaginación y utilizar las herramientas que ofrecen las nuevas tecnologías, los programas de apoyo a iniciativas y proyectos, y el nuevo modelo que asoma con la economía colaborativa, para provocar los cambios. Desde abajo.