domingo, 3 de noviembre de 2013

... Y al final, nos ahogaremos juntos.


Todavía sigue apareciendo en los medios de comunicación la escalofriante noticia de los inmigrantes fallecidos de sed en pleno desierto de Níger, abandonados a una suerte, que por lo general, y por desgracia, no suele ser muy buena.

Mi mente se resiste a profundizar en el espanto y el horror que ha podido suponer esta situación, que se une a tantas otras (Lampedusa, Melilla...)... Tantas ya, que en muchos está haciendo demasiado callo y poca mella.

Este fin de semana he desayunado con la noticia de que Interior está poniendo cuchillas en la valla de Melilla para frenar los intentos de escapada hacia un teórico mundo mejor. Me sorprende que a estas alturas, con todos los muertos que llevamos ya, con tan pocos resultados, con tan pocas expectativas, las soluciones que se pretendan sean tan obtusas, tan escabrosas, tan salvajes.

¿Realmente alguien es capaz de pensar que las cuchillas, el desierto, el hacinamiento, la muerte... pueden frenar los instintos de supervivencia del ser humano? ¿Es que no hemos tenido ya una ración suficiente de muertos para pararnos a pensar qué se puede hacer? Los que se suponen que piensan en estas cosas se reúnen y reúnen, pero el aletargamiento mental les impide ver más allá de sus poltronas y sus fronteras, y las decisiones que se toman son vacías y sin contenido. No son soluciones. No sirven. Empeoran la situación.

Ya no hay fronteras. No lo dice Internet. No lo dice Obama y su espionaje (que no es el único, no nos engañemos). Lo llevan diciendo desde hace años los millones de personas que sucumben en la miseria provocada por el mundo desarrollado (permitidme que lo ponga en duda), y que intentan escapar de la pobredumbre de las que nos beneficiamos en los centros de consumo. Sin mucho éxito.

No hay más fronteras que las que ponemos nosotros con nuestra estrechez de miras, sin darnos cuenta que cada cuchilla, cada alambrada, cada redada, no es más que una piedra lanzada contra nosotros mismos. La crisis que padecemos ha dejado bien claro que este modelo no es el ideal. No es ni siquiera un modelo. Y los esfuerzos no deben ir encaminados a volver a como estábamos antes, sino a mejorar la situación.

Porque mientras no coparticipemos todos juntos del desarrollo equitativo y solidario del planeta, nada ni nadie va a parar esta marea. Hasta que la ola sea tan grande que nos ahogue a todos.