sábado, 16 de octubre de 2010

Mi experiencia con los minerales. El desenlace.

Y ahí estaba yo, con un agujero en el estómago más grande que el de la capa de Ozono, anhelando esa nueva parada donde se suponía que, por fin, íbamos a degustar nuestras viandas, que por otro lado estarían ya criando, desde la hora en que la suegri nos había preparado los bocatas.

La siguiente (y última, gracias Señor) parada de este periplo inenarrable (e irrepetible, a riesgo de nuestro matrimonio) era Pineda de la Sierra. Un pueblecito agradable, de esos de paso para tomarse un cafecito en el bar-restaurante, con el par de paisanos que no se terminan nunca su café con gotas, con aroma a tabaco rancio y al pelo quemado de las cabezas de jabalíes, corzos y ciervos que adornan las paredes. Poca luz y cuatro tapas pasadas de fecha tras el mostrador, pese a lo cual uno sigue pensando que se puede comer bien ahí, sobre todo en invierno, con tantos bajo cero... Bueno, al hilo de esta descripción os podéis hacer una somera idea de mi agujero estomacal. Y es que para no variar, antes de llegar al lugar-objetivo, el colega se trincó un par de cervecitas más. Y digo yo que tenía ya la vista nublada, de ahí que no pillara más que mierda con su chupipico de minero.

Para llegar al lugar-objetivo, había que atravesar una especie de camino sin señalizar, que sólo encontraban pirados como mi marido y el colega, puesto que había que dejar el coche en una esquina del camino, donde Cristo dio las tres voces, pero más lejos todavía, vamos, que como te lo robaran, ahí te quedabas porque estábamos en medio de la nada. Pero el tipo era precavido, y torturó un poco más a su 4x4 adentrándose por el susodicho camino, hasta que ya vio que la cosa se ponía chunga (que no era el coche fantástico. Los de mi época me entienden), y no le quedó otra que ir a pie. Que no os lo he contado, pero parece ser que eso de ser aficionado a los minerales y con gusto por el deporte no debe ser muy compatible, y no son pocos los que tienen coches de tercera y cuarta mano para traquetear con ellos casi hasta la puerta de la mina, todo por no desgastar las botas. Pero bueno, dejo para mejor ocasión mis impresiones sobre esta parte de la vida del aficionado a los minerales, porque si no más de uno me va a coger ojeriza y no es cuestión de fastidiarle las ferias a mi marido. Para uno que lo ve como forma de hacer ejercicio...

Volvamos al tema. Estábamos ya fuera del coche, y tras caminar un ratito (no mucho), llegamos por fin a la bocamina (qué términos más chulos estoy aprendiendo), a la sazón un agujero soportado por unas tablas de madera desvencijadas, pasto de arañas y demás bichitos, lleno de polvo y, cómo no, de mierda, gran protagonista de la jornada. Flanqueaba el paisaje un riachuelillo que discurría paralelo a una tubería gigantesca en plan anaconda que no presagiaba nada bueno. Y no me equivoqué. Porque el oasis para comer estaba al final más o menos de aquel enorme tubo, y tuvimos que caminar por una especie de terraplén que según el tipo prometía piezas prodigiosas de piedrolos, hasta llegar a un remanso del citado riachuelillo.

Nos acomodamos en unas rocas, prestos a degustar las viandas. En serio que no podía creer estar viviendo este momento. Abrir la mochila para ventilar los bocatas y darles buena cuenta fue una experiencia cuasimística. Pero más místico fue ver al colega preparar su comida. Porque claro, en la leonera de su coche no podía tener preparada ya la comida. No. Eso, a las seis de la tarde que eran ya, era mucho pedir. Así que nos viene el tío con una cestita de mimbre en plan camping, y saca:

1. La botella de vino y la pone a refrescar en el margen del río. La piedra con vino entra.

2. La hogaza de pan.

3. El queso.

4. El jamón.

5. El cuchillo.

Y mientras empieza con mucha solemnidad a preparar su comida, nos cuenta la historia de su vida. Como podréis imaginar, yo me dedicaba básicamente a comer, porque su periplo vital no me importaba lo más mínimo. Pero era inevitable escucharle, en aquel lugar no vivían ni los grillos. Y además era surrealista ver preparar la comida. Con gran parsimonia cortaba los trozos de queso y jamón, y los iba colocando sobre el pan como si estuviera haciendo una figura de mecano. Y a mí ya empezaba a ponerme de los nervios y me estaban entrando unas ganas locas de arrancarle el cuchillo de la mano y prepararle yo el bocata en un pis-pas. Que pasaban ya de las seis, hombre...

A todo esto, yo ya me había terminado el bocata, y estaba dando cuenta del paquete de Filipinos que habíamos comprado. El aburrimiento hacía estragos, y amenazaba con atacar seriamente mis glúteos y demás zonas sensibles a las grasas.

El tío seguía con la historia de su vida, fiel reflejo y consecuencia de esta extraña afición, llevada por él al extremo. Y es que su vida sentimental había estado marcada por los piedrolos, que le sumieron en más de un dilema y en, según él, incomprensibles discusiones de pareja y rupturas. Claro, pobrecito. Es que las mujeres no os entendemos. Porque, ¿qué puede ser más romántico que estar todo el día con el espinazo doblado buscando piedras, zamparse un bocadillo a las seis de la tarde vaya usted a saber dónde, y volver a casa llena de polvo y mierda? Es que las tías somos muy raras...

Debo señalar además que estos instantes me sentí más que nunca como mujer florero. Porque ambos dos intercambiaron impresiones sobre el mundo de los minerales, se contaron su vida profesional, el cómo había llegado a esta extraña afición... Y yo ahí estaba, se suponía, comiendo Filipinos. Como si esa fuera mi misión vital. Ni se dignó a preguntarme "y tú, ¿qué haces?". Nada. Silencio. No, si no me extraña que se dedique a las piedras.

Los Filipinos se terminaron, y el atardecer iba llegando, gran aliado para escapar cuanto antes de allí. El colega, en un alarde de claridad de ideas, comentó que a lo mejor había que hacer una incursión por el terraplén y alrededores para intentar buscar algo antes de que cayera la noche. Yo me veía ya buscando hueco cómodo junto a la tubería-anaconda para dormir.

Buscar piedras por el terraplén, plano inclinado o como narices se llame, no es cosa cómoda. Porque si ya es un coñazo buscarlas (sobre todo si no sabes lo que buscas) en un terreno plano, podéis imaginaros la cosa cuando andas en plan mandril para no intentar desmorrarte y al mismo tiempo encontrar alguna cosa que supuestamente sea un mineral o algo parecido. Sin embargo ellos, y sobre todo, él, andaban tan campantes, como si andar retorcido fuera su estilo de vida, cual Quasimodo. En fin, que el mundo no dejará de sorprenderme.

Tras estar un buen rato con el espinazo torcido (ellos, ya que yo desistí al poco rato, y pasé al plan B: lanzar miradas de maruja asesina al fulano, a ver si se percataba, al menos, de la hora, que amenazaba oscuridad), decidieron buscar un ratito más, junto a la entrada a la mina. Como podéis comprobar, de maruja asesina tengo poco, o eso, o el tío es un insensible de puñetera madre, porque mis miradas no dieron resultado.

Sólo cuando el sol finalizó su jornada, y como ¡oh lástima!, no había traído linternita, entendieron que lo más prudente era volver al pueblo. No sin antes hacer nueva paradita en el bar (el de las tapas rancias de párrafos superiores), ya sabéis, para tomar las curvas como hay que tomarlas, con un par de cervecitas fluyendo por tu sangre, que es como mejor se cogen.

El regreso en coche fue en plan Fernando Alonso. De pronto el tío se dio cuenta de que estaba oscuro (de noche, se dice de noche), y no quería que le cogiera más oscuridad en la carretera (en esto casi me troncho, ahora nos salía su vena responsable. Es lo que tiene el alcohol). Así que nada, con la cerveza en el cuerpo, el techo del coche corrido, para que entre el aire, sus cigarritos mil ahumando el vehículo, y el gps dando la nota (ya no me flipaba, sólo había una línea en medio de la nada. Y es que no había nada, ni grillos. Ni lobos. Ná), enfiló a toda pastilla el camino de vuelta. Yo acurrucada en un rincón del asiento de atrás, intentando esquivar el humo del tabaco y el fresquete que entraba por la ventana. Y ellos con una conversación absurda sobre los resultados del día, y futuras excursiones para coger más mierda digoo, piedras. Lo de nilosueñes y sobremicadáver seguía vigente en esa conversación.

Creo que nunca me ha hecho tanta ilusión como entonces llegar al pueblo. Calculo que serían sobre las diez de la noche, con mierda y polvo hasta las orejas, hambre a destiempo y un mosqueo de mil pares. La despedida fue breve pero significativa. El colega ¡por fin! se dio cuenta de mi mirada, y como mi marido ya la venía viendo desde hacía bastante, no se enrollaron mucho.

La liada la tuvimos gorda al llegar a casa. Porque encima de mi mosqueo, mi marido se tronchaba de risa con mi reporting del momento vivido, y mis suegros me decían que la culpa era mía, por haberle acompañado. Que razón no les faltaba, no lo niego. Pero al menos ha servido para daros a conocer este relato, que espero que os haya gustado, y que lo difundáis entre las féminas acompañantes de aficionados a los minerales, para que no se llamen a engaño.

A disfrutar.

12 comentarios:

Anónimo dijo...

Soy coleccionista-buscador como Agus.He visto a mi "sufrida" esposa reflejada en tu relato; evidéntemente ella también aprendió en sus dos o tres salidas que me acompañó, y ahí acabó su experiencia con el salir a buscar minerales. Con el tiempo, varias de nuestras esposas van aprendiendo, algunas se hacen amigas y acaban por dejarnos tranquilos en nuestras salidas, al mismo tiempo que ellas por su cuenta se juntan para ir de mercadillos de los pueblos,tiendas,visitas turísticas (si puede ser de lugares llanos, mientras nosotros disfrutamos con el polvo y la m.....) En fin es cosa de habituarse,buscar una solución intermedia (aunque en esto parece que a veces somos drogatas), aprovechar las circunstancias haciendo nuevas amigas, donde nos criticais, no sólo con lo de nuestro hobby, sino en todo, de arriba-abajo, o bien de divorciarse; cada uno es libre de elejir!.
Desde aquí le doy las gracias a mi esposa por no elejir la última opción, y que continúe "soportando" colateralmente mi afición.

Anónimo dijo...

valla, nunca me ahbia puesto en el lugar de mi mujer, sera por eso que no me acompaña, jajajajj, pero bueno mujer tambien tendriamos que oir a tu marido que tal se lo paso, ¿no? , ah y por cierto cosa parecida sentimos muchos hombres cuando vamos de compras a los centros comerciales. no obstante, me e reido un monton, pero un monton con tu relato, que seguro que no le falta razon, un saludo.

Sonia dijo...

Pues lo más cachondo del asunto es que hablando después con Agus, pensaba más o menos como yo. Vamos, que la excursión fue una mierda, no encontró más que ídem, y tal y tal. Aunque lo que digo, sarna con gusto...

Eso sí, tengo que decir que él tiene más suerte, porque tiene una joya de mujer :-). No me gusta ir de compras, me encanta hacer deporte, cocino para chuparse los dedos y sólo doy el coñazo por nuestra peque recién nacida. Y sí, tengo abuela :-)))))))))))))))) ¡¡Feliz año nuevo!!

Anónimo dijo...

Pues la verdad es que parece que no tienes abuela y que lo que te gusta a tí es lo mejosr,me alegro de que mi mujer no sea ni piense como tú.compadezco a tu marido.

Sonia dijo...

Es una lástima que, por lo que parece, la búsqueda de minerales no sea compatible, en algunos casos, con el sentido del humor.

Y es que lo más fácil es caer en el rollito de siempre de las compras y demás estereotipos, como si todas las mujeres tuviéramos que estar hechas bajo el mismo cliché. Pues lo que digo es la verdad, no me gusta ir de compras, no necesito quedar con otras mujeres para criticar a mi marido.

Y ello, sencillamente, porque no tengo por qué criticarlo. Que haya relatado nuestra aventura no es una crítica, y si alguno piensa que lo es, pues de lo suyo gasta. Tanto Agus como yo, nos conocemos lo suficiente como para disfrutar el uno del otro, ya sea con los minerales, con las compras si se tercia, o con lo que haga falta.

Así que no gastes energías compadeciendo a nadie, porque no hay nada ni nadie a quien compadecer. A lo mejor es tu entorno quien debe lamentarse de contar entre sus filas alguien que no sabe captar la ironía, el sentido del humor, y el deseo de relativizar las cosas.

Un saludo.

Anónimo dijo...

Al amigo anónimo e imbécil de la mujer perfecta (el del cuarto comentario) que gusta de compadecerse de los demás.

Supongo que serás el típico garrulo que llega a fin de mes justo y que le encanta que su mujer sea la típica maruja que no aporta más a su vida intelectual que la actualidad de la Estaban. Yo sí que te compadezco entonces porque estás condenado a una vida insulsa, estúpida y totalmente prescindible. Sólo pido a Dios que no haya muchos parásitos sociales como tú.

Suerte que tiene mi amigo al tener a alguien que aporta a su vida algo de materia gris más allá de la laca, la peluquería y la estupidez del Hola!

Un amigo imaginario.

Sonia dijo...

A ver, que si lo llego a saber no publico nada y nos lo quedamos Agus y yo para reirnos de vez en cuando con su lectura.

Repito que el objeto de este escrito era, por un lado, desahogarme tras una jornada de aburrimiento supino, y por otro lado, describir una excursión concreta, sin más. Podía haber sido una excursión de búsqueda de setas, y con el colega con el que fuimos hubiera pasado exactamente lo mismo.

No quisiera que un escrito en principio simplemente para pasar un buen rato, se convirtiera en escopeta para ponernos todos a parir. Que acabamos de empezar el año.

Anónimo dijo...

Respuesta al amigo imaginario;
Yo creo que el unico imbecil aquí eres tú,yo no he faltado a nadie y se ve que eres de los que insultan y amenazan,osease un garrulo.Ya te gustaría a tí tener el nivel de vida y la mujer que yo tengo maxote,quimica y ganando un pastón que tú ni en sueños majete,se nota que eres un mileurista amargado.Lo dicho yo no he faltado a nadie solo he expuesto lo que pensaba,si te molesta ya sabes lo que tienes que hacer,que parasitos como tú sobran en esta vida.
Un amigo inimaginable.

Anónimo dijo...

No tengo nada que ver con el anonimo que ha hecho el cuarto comentario,pero estoy con él con casi todo lo que ha dicho.Veo que en este blog no se aceptan las criticas,si te metes metete con todas las consecuencias,que no solo hay flores en el campo y el amigo de los insultos que se dedique a otra cosa,que le llama garrulo y yo creo que él si que es un garrulo de lo más grande.
Un saludo.

Jose Bello dijo...

Pues a mi esposa y a mi nos ha encantado el relato; siento decirlo pero me tronchado. Reconozco que es complicado compaginar la sálida piedrera con otras actividades. Reconozco que tener en casa las susodichas muestras dando vueltas y demas es para ponerme de patitas en la calle...
Si es que sois unos soles.
Un beso a mi Macu por su paciencia.

Sonia dijo...

En primer lugar, muchas gracias a todos por vuestros comentarios. Sinceramente no pensaba que un relato escrito sin ningún ánimo de maldad ni de crítica pudiera suscitar tanta polémica. Como ya he repetido varias veces, y como he podido comprobar que muchos han entendido, no he criticado la afición a los minerales, sino la excursión concreta que hicimos con una persona en particular. Quienes me conocen saben que he ido y voy muchas veces con mi marido a buscar piedrolos, y tal y como se indica al inicio de mi relato, no tengo ningún problema en ello. Eso no quita para que la experiencia de ir con más gente, y que es lo que se cuenta, me haya servido para no repetir en futuras ocasiones, y disfrutar de esta afición sólo con mi marido.

Por otro lado, y sobre las críticas, veo que tampoco se me ha entendido. Sinceramente me hace gracia que ante relatos como este, se eche mano de los estereotipos de siempre de compras y tal. Podría sacarle mucha más punta, pero no creo que venga al caso y tampoco es el objeto. Acepto las críticas al relato, pero mi comentario sobre mis habilidades como esposa "genial", estaba hecho desde la broma y la ironía. Así que sí, en este caso sí me ha molestado el comentario de lo de compadecer a mi marido, porque no había ánimo chulesco de ningún tipo, y creo que quedaba bastante claro en el comentario. Pero creo que no merece más esfuerzo ni más explicaciones, cada uno que entienda lo que quiera.

Finalmente, lamento que este relato haya servido para convertir mi blog en un portal de verduleras. Me importa poco a qué se dedica quién, no tolero los insultos vengan de quien vengan (y encima todos discutiendo como anónimos, qué valientes), y no quisiera que se continuara en este tono. Así que si hay intención en mantener o elevar el tono de los comentarios, dejaré de publicarlos. Las peleas, al bar, o a vuestros foros de minerales.

Muchas gracias.

Mmarte dijo...

Creo que queda claro de quién hay que compadecerse. Y no es del marido, si no del que no sabe reírse de sí mismo ;-)