Ilusión, que no obligación
Dice mi marido que él no hace regalos devueltos, es decir, que no regala porque le regalan a él, sino sencillamente porque le sale de las narices. Esta costumbre es muy saludable, sobre todo para el receptor de los regalos, que si por un casual es lector de mi blog, habrá encontrado una auténtica bicoca en estas primeras líneas. Será que yo soy una perra egoistona, pero no estoy del todo de acuerdo con esta máxima, sobre todo cuando tienes la sensación de que te están tomando el pelo. Y es que la Navidad es una ocasión muy propicia, para ver de qué están hechas las personas que te rodean. A ver si me explico. Me da igual que sea Navidad, un cumpleaños o una onomástica. Yo cuando hago un regalo, intento ponerme en el lugar del otro, pongo en alerta mis cinco sentidos para detectar necesidades, gustos e ilusiones, lo pongo en la balanza con mis posibilidades económicas, y voilá!, me lanzo a comprar ese regalo. Para mí, casi más importante que el momento de la entrega es el momento de...