miércoles, 30 de noviembre de 2011

Mi padre

Hoy mi padre es capicúa. Cumple 66 años. Y como no tengo perdón de Dios por haberme olvidado de felicitarle cuando, como todos los días, ha venido a primera hora de la mañana a mi casa para echarme un cable con las peques, espero redimirme con este post, en el que quisiera agradecerle públicamente todo lo que está haciendo por mi familia.

Mi padre es un hombre de su tiempo; a saber, es feliz con un buen western, con una buena comida, o con unas vacaciones o una velada con su señora, a la sazón, mi madre.

Mi padre se ha pasado toda la vida trabajando, saliendo de casa cuando todavía no había salido el sol y llegando cuando la luna llevaba un buen rato alumbrando la ciudad. Y cuando por fin llega la hora de disfrutar de una merecida jubilación, va su hija, que soy yo, y se anima a tener dos niñas. Y ya se sabe que mi generación somos unas balas perdidas en esto del quehacer doméstico, que tenemos mucho Máster y mucho blablabla, pero nos ahogamos en un vaso de agua cuando tenemos la colada, el momento cólicos de la peque y la hora de la cena, todo al mismo tiempo. Así que recurrimos a nuestros padres desesperadamente, reconociendo nuestra supina incompetencia y rindiéndonos a la sabiduría de una madurez muy bien llevada.

De esta forma, mi padre se presenta todas las mañanas por mi casa, cantando aquello de "buenos días Adela mía, que tal usted se descansó", dirigido a mi hija Leire, que revolotea por la sala, desayuno en ristre. Deja en la cocina los tupperware de mi madre, que ya los quisiera Arzak, y se sienta en el sofá, entreteniendo a Leire, o cogiendo en brazos a June, un ternerito de mes y medio.

Me llama la atención que el mismo señor amante del western, que carraspea a todas horas, y gruñe muchas veces más que habla, sea capaz de acunar a June hasta dejarla completamente sopa en sus brazos. Que aún se arrastre por el suelo con Leire y la deje embelesada con sus juegos y sus canciones. Que piense constantemente en sus nietas a cada paso que va, agasajándolas con regalos y detalles, tal vez a veces hasta el exceso. Que siempre, incluso en los momentos más difíciles, anteponga una sonrisa a cualquier obstáculo. Que, de esta forma, nos haga ver la vida mucho más fácil, cosa que no resulta nada ídem especialmente en los tiempos que corren.

Y voy yo, y olvido felicitarle. No tengo perdón.

FELICIDADES AITA.

No hay comentarios: