martes, 2 de agosto de 2011

Vergüenza


Miro a Leire y sonrío. Verdaderamente está de suerte. Hace sus cuatro comidas diarias, sin contar con el picoteo arrastrao que se inicia por la mañana y termina por la noche: pan, Aspitos, galletas, rabas (cuando caen), y todo lo que pilla por los armarios de casa.
Sí, está de suerte. Porque sus únicas preocupaciones son comer, dormir y jugar, y su mayor disgusto es cuando su amatxu, o sea la que suscribe, no puede estar con ella.

Porque mientras ella duerme la siesta, estómago lleno, tranquila y ajena a todo, en la televisión aparecen de nuevo imágenes que no por surgir otra vez en nuestras pantallas son novedosas. Me refiero a las espeluznantes imágenes del Cuerno de Africa. No son novedosas porque si no se ha hecho nada antes, supongo que el no tener nada que llevarse a la boca será una historia rutinaria, día tras día, desde hace años, en esa zona del planeta. Y nosotros, tan preocupados con la deuda y esas cosas.


Siento vergüenza como ser humano, al ver a estos niños, de la misma edad que mi hija Leire, tirados vilmente en el suelo, ante la mirada impotente del resto, rodeados de moscas, que parece que son las únicas que comen algo por allí. Siendo asco y me resulta obsceno que al tiempo que aparezcan estas imágenes, nosotros no sepamos qué sacar cada día de la nevera para comer, que tengamos varios tipos de helado en la nevera para elegir, que echemos mano de dietas Dukan y demás gilipolleces para calmar nuestras malas conciencias alojadas en los michelines creados con arduo esfuerzo, que maquinemos ridículos records Guinness para ver quién come más huevos cocidos o quién hace la hamburguesa más grande.

Mientras unos pocos no dejamos de comer todos los días, por muy indignados que estemos, otros no tienen ni fuerza para indignarse, y con sus enormes ojos ausentes y sus moscas pegadas en la comisura de los labios, nos piden a gritos silenciosos que nos indignemos por ellos.

Nuestra crisis nos afecta, pero a ellos les hunde aún más. Tiempo es de que la indignación sea global, y no local. Tiempo es de reclamar una respuesta estructural, una solución a este problema que dura por lo menos lo que yo llevo en este planeta, que ya son unos años. Si realmente estamos indignados, demostrémoslo. Si realmente estamos luchando por un mundo mejor, que lo primero que reclamemos sea pan para todos.

Porque hay muchas Leires en este mundo que tienen moscas en la boca en lugar de migas de aspitos. Y ya está bien.

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