sábado, 27 de agosto de 2011

Treintaitodos

Hoy cumplo treinta y nueve. Treintaitodos. Y como me ha dicho mi suegro al teléfono, "preñada". La verdad es que no se me ocurre mejor manera de poner colofón a esta mi tercera década vital, que ha estado plagada de momentos intensos en todos los sentidos de la vida.

Mi década treintañera comenzó con un giro radical en mi existencia que arrebató mi inocencia de cuajo y me enseñó a valorar la amistad en su justa medida, a quererme mucho más, a dejar en el camino complejos estúpidos y a comprometerme con una sociedad que se me revelaba hambrienta de responsabilidad y lucha por erradicar hipocresías, tópicos y típicos. Fue también entonces cuando descubrí la hermosa Castro Urdiales, que terminó por abrirme los ojos, no sólo a su belleza, sino a la interior de quienes me apoyaron de diferentes maneras en aquellos duros momentos.

Como treintañera casi recién estrenada conocí a grandes amigos que lo siguen siendo. Te conocí a tí, Agus, apareciendo justo en el instante oportuno, terminando por completar mi existencia y emprendiendo conmigo un ilusionante proyecto.

La década de los treinta no me dejó abandonar mis inquietudes profesionales, antes bien las acrecentó, participando en diferentes grupos y actividades, que me permitieron seguir conociendo gente sumamente interesante desde el punto de vista profesional y humano, y con los que mantengo una excelente relación.

A finales de esta década, mi vida se ha completado con Leire y con June, aún en mi prominente panza, que llenan nuestra vida con sus ocurrencias, sus trastadas, sus rabietas y sus gracias, y que nos hacen disfrutar de forma impensable de los escasos momentos de independencia que nos dejan.

En este año, en el que cumplo los treintaitantos, el destino me ha llevado de nuevo a Algorta, iniciando una nueva etapa en nuestra familia. Me ha puesto un nuevo reto, el del reposo obligado por la espera de June, que me ha permitido, de nuevo, reconocer el valor de quienes más me quieren, de quienes valoran realmente el compromiso y la responsabilidad de formar parte de mi familia, de manera que no creo que haya forma de agradecer suficientemente no sólo sus desvelos, sino también su capacidad de aguante ante mis salidas de tono, más frecuentes de lo normal, a mi pesar.

Y, como si el final de esta etapa fuera el de la reconciliación con mi vida entera, vuelvo a recuperar la relación con algunos de quienes completaron mi vida como veinteañera, superando silencios que echando la vista atrás se tornan ridículos e infantiles.

Así que con Agus, con dos hijas si Dios quiere, con una familia que no me la merezco, con excelentes amigos y con antiguas amistades recuperadas, la verdad, no se me ocurre mejor manera de terminar los treinta y comenzar, el año que viene Dios mediante, la década de los cuarenta.