sábado, 9 de julio de 2011

Cómo disfrutar del verano... con lo que se tiene

En ocasiones, sucede que la vida nos pone piedras en el camino que parecen difíciles de sortear. Tan acostumbrados estamos a nuestras rutinas, a nuestros hábitos, a nuestras formas, pongamos por caso, de disfrutar de la vida, por ejemplo ahora en la temporada estival, que cuando acontece algún imprevisto que se prolonga más de lo razonable parece que se nos cae el mundo, que mañana llegará el Apocalipsis y que nada de lo disfrutado ni de lo aún por disfrutar podrá colmar con creces lo que estamos perdiendo en ese momento. La inteligencia humana demuestra así, instantes de supina estulticia, que derivan inexorablemente en la incapacidad para advertir otros hechos importantes o dignos de recordar, de aquí a unos meses; sí, tan sólo meses.

Cuando estos acontecimientos coinciden con el verano, la sensación claustrofóbica y apocalíptica que se nos provoca es aún mayor, y en ese agobio, amargamiento existencial y tristeza coyuntural, corremos el riesgo de arrastrar a quienes nos rodean, en muchos casos víctimas y sufridores colaterales de aquellas circunstancias que suceden, como todo en la vida, cuando menos se las esperan. Porque de eso se trata la vida, de caer y levantar, más fuerte si cabe, con las lecciones aprendidas y con mayor fortaleza.

Algo así es lo que nos está pasando a nosotros, en nuestra familia. El traslado a una nueva ciudad, la necesidad de adaptarse a sus nuevas calles, sus nuevos comercios, sus nuevos espacios de ocio, la búsqueda de entornos para nuestra hija. Y a ello hay que añadir el reposo relativo en un embarazo que está siendo largo por ese reposo en camasofá, sin alternativas especialmente para quien lo padece en sus carnes, a la sazón ya con problemas circulatorios, cabellos largos y canosos hambrientos de peluquería, rostro pálido que no ha visto la luz del sol en tres meses, y que camina con dificultad cada vez que sale al médico porque su cuerpo está perdiendo la costumbre de aquellos largos paseos. No, no es fácil ver cada mañana un cielo resplandeciente, sabiendo de antemano que tu día será como el anterior, y contenta porque las pérdidas remiten, y porque la peque, que Dios mediante se llamará June, patalea de vez en cuando para hacerse sentir en medio de esta maraña de problemas creados. Quienes rodean a la del reposo, que soy yo, tampoco lo tienen fácil, ya que no pueden compartir muchas cosas conmigo, y al mismo tiempo tienen que estar pendientes de mí casi todo el rato.

Entiendo que no es fácil plantearse un verano sin muchas opciones. No sólo para mí, la del reposo, sino para los que me rodean. Yo hace tiempo que me he mentalizado. El mismo tiempo que han tenido los demás para hacerlo. A lo mejor es más sencillo para mí por el hecho de ver engordar mi panza. Pero lo que llevo en mis entrañas es una parte de todos cuantos me rodean. Y su espera, el tachar días del calendario para poder ver su carita, es suficiente acicate para superar todos los nubarrones que pudieran pasar por nuestra mente. Porque somos humanos. Y para dos días que hace buen tiempo...

Porque un verano son tres meses. Los de este año. Y si Dios quiere, tendremos muchos, muchos otros veranos. Con Leire y con June, la cual es única, nacerá en noviembre si Dios quiere. Y a partir de entonces, todos sus veranos serán para ellas. Y recordaremos estos tres meses de 2011 como los de una larga espera que, ojalá sea así, culminó felizmente.

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