martes, 17 de mayo de 2011

Rara y chapada a la antigua

Cuando decidimos bautizar a Leire, un antiguo compañero de trabajo me dijo que era una antigua. Reconozco que en su momento me molestó un poco, pero dado que hoy por hoy ser católico no se lleva nada, tampoco le dí más importancia.

Sin embargo, durante estos días de reposo, he tenido oportunidad de ver algunos debates de esos programas de tertulia de sobremesa que animan algunas cadenas, y la verdad es que no me extraña que digan que soy antigua por decir que soy católica. Es más, no me extrañaría ni que me llamaran rara.

Porque anda que conozco gente, incluso de mi edad y hasta más jóvenes (¡cielos!), que son católicos, van a misa, y no van vestidos como santurrones, no tienen cara circunspecta o de estreñido como esos que salen en la tele para hablar, pongamos por caso, del aquitepilloaquitemato, o de los vientres de alquiler. Y hasta piensan y tienen espíritu crítico, para sorpresa de muchos.

Y es que en esos programas, nos aparecen unos representantes de la fe y la vida cristiana que dan mucho, pero mucho miedo. Porque sueltan unas barbaridades tremendas, que parece que andamos todos con el cilicio de bolsillo y la excomunión en la boca, reprimidos y ahogados en nuestros pecados más inconfesables. Todo ello sin contar con la imagen que ofrecen, con ropa del siglo XV por lo menos, que ya no se ponen ni las monjas del colegio de mi hija, con un peinado que brilla por su ausencia, y con la cara lavada y bien restregada, para que se vea bien esa imagen de sufrimiento que tanto gusta vender a cuenta del cristianismo, no sé muy bien a quién.

Entiendo que en este tipo de debates se trata de hablar con personajes extremos, que provoquen el morbo e inciten a la discusión. Pero es que no veo un tomaydaca en este sentido, porque la parte contraria generalmente viste a la última, parece supermaja y superguay, y dan ganas de irse con ellos de copas por el resto de tus días.

A lo mejor no estaría mal plantar un debate sobre gente católica NORMAL. En el más amplio sentido de la palabra. Gente que trabaja, vive con su familia (o no), que ríe, sufre como los demás, opina y se queja (o no, que ahora no se lleva mucho), y que muchas veces, no comulga con todo lo que se dice por ahí. Porque somos creyentes pero no borregos. Por lo menos, no todos. Vamos, que no me vale ni el fulano del cilicio ni los colegas de la guitarrita. Que los del término medio somos muchos más. Lo que pasa es que no se nos oye nada.

Y claro, así nos luce el pelo...

1 comentario:

GUILLERMO DIAZ dijo...

Pues yo también debo de ser raro ¿o no?. Pues soy católico, pero no borrego como tu dices.