domingo, 28 de noviembre de 2010

Jan eta Jolas: qué tiempo tan feliz

Hace ya más de cinco años, encontré en Internet un grupo de gente que quería hacer senderismo. Yo buscaba huir de una realidad que me sobrevino de sopetón, emponzoñando mi inocencia. La primera vez que les vi, elevé mi mirada al cielo preguntando al Altísimo si es que no había nadie ahí para escucharme, pues era yo tan sumamente snob y pija que me pareció una gente rarísima.

Pero hete aquí que a esa excursión sucedieron otras, y la realidad emponzoñada se tornó en otra de lealtad, sinceridad, y amistad en el más puro sentido de la palabra. Encontré gente que disfrutaba por el mero hecho de estar contigo, sin buscar nada más, simplemente por el placer de conversar, acompañado de una buena vista en la cima de una montaña y compartiendo bocadillos y otras viandas.

En unos años llegaron los noviazgos, los matrimonios... y los hijos. Ahora, este cambio vital ha provocado un paréntesis en nuestros encuentros montañeros. Y las cumbres han dejado paso a cafeterías, parques y restaurantes.

Hoy el turno ha sido para Jan eta Jolas, un txoko especialmente preparado para disfrutar con los más peques. Y ha sido genial. Volver a ver a mis AMIGOS, conversar con todos ellos, ponernos al día, y observar detenidamente a nuestros txikis, jugando, entreteniéndose sin apenas conocerse, un poco al estilo de nosotros cuando empezamos a hacer cumbres sin conocer más que nuestro nombre, ha sido estupendo y entrañable.

Entrañable, sí. Porque en estos tiempos de prisa, individualidad y egoísmo castrante, es maravilloso y un verdadero orgullo poder tener amigos así. Es estupendo poder disfrutar de su compañía, y ver cómo crecemos y envejecemos juntos, sin perder un ápice de esta lealtad y esta AMISTAD que nos ha caracterizado.

Así que no me queda otra que dar eternas gracias a esa realidad emponzoñada de tiempo ha, puesto que si no me hubiera hundido en ella nunca hubiera encontrado el verdadero sentido de estar aquí.

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