lunes, 22 de noviembre de 2010

El placebo moral llega también por Navidad

Ya está cerca la Navidad, fun fun fun. Y además de los turrones, la lotería, las jamadas y demás atrezzo, ya están aquí los bolígrafos de la sonrisa, las pastillas contra el dolor ajeno, los telemaratones, y demás artilugios para comprar nuestra solidaridad y poner bajo control la conciencia social de una sociedad, la nuestra, que pese a la crisis galopante y desbocada lo sigue dejando todo para el final, incluido aquello de preocuparse un poco de los demás, que no dejan de ser un poquito de nosotros mismos.

Vivimos en un mundo en el que los medios de comunicación y las nuevas tecnologías nos dan todas las posibilidades para escandalizarnos con las injusticias, que todavía son muchas, y aún más para reaccionar y protestar; pero es un mundo también deshumanizado con tanto medio, donde el horror ajeno queda diluído en un flujo interminable de noticias que se suceden una a la otra a velocidad vertiginosa, creando sobre nosotros una especie de película transparente, parecida a la del anuncio del Actimel, pero en lugar de protegernos de las virus y demás huéspedes invernales, nos aíslan de la miseria y el espanto. Que no nos engañemos, es también el nuestro.

Entiendo que las organizaciones que pelean diariamente por dar visibilidad a esta realidad escalofriante, tienen que aprovechar este momento de descuido en esta sociedad de hielo, de reblandecimiento del corazón, para intentar arrancar un pedazo de nuestras carteras con el que seguir trabajando. Tanto más cuanto que en los últimos tiempos, los recortes presupuestarios a todos los niveles (salvo en los bolsillos de los que recortan. Aquello de "quien reparte se queda con la mejor parte", que decía mi abuelo... Pues eso), han afectado también a estas organizaciones, haciendo aún más difícil su labor.

Por eso la crítica de este post no puede ir dirigida hacia ellos. La crítica la dirijo hacia el resto de los ciudadanos, todos nosotros que compramos las postales de Unicef, que hacemos nuestra aportación al Rastrillo de Navidad o a la Operación Kilo, que compramos el bolígrafo que anuncia Iniesta. Porque está bien que lo hagamos, peor sería no hacerlo, entonces sí que seríamos Scrooge de matrícula. Pero estaría mucho mejor si contribuyéramos al bienestar global durante el resto del año.

Y para ello no hace falta, muchas veces, gastarse ni un duro de los de antes. Porque nuestro compromiso, nuestra denuncia, pueden también ayudar a construir. Porque nuestras voces pueden servir para mover esas "altas" conciencias, las de quienes realmente pueden solucionar algo con sus decisiones, más que nuestras aportaciones económicas que muchas veces no sirven casi para nada.

Porque no sirve gastarse parte de la paga extra de Navidad en comprar el chisme que subasta la Esteban en el maratón de Telecinco, si después no toleramos a nuestro vecino, que no es de Berriz, sino de Lituania, o de Sierra Leona. No sirve de nada si pasamos de largo y no atendemos a quien mendiga a la puerta de El Corte Inglés. No sirve de nada si miramos de reojillo a la familia peruana que entra con sus enormes maletas en el metro. No sirve absolutamente si no nos duelen las pateras naufragadas, los haitianos desgarrados por el cólera, los desempleados de nuestro barrio que no podrán hacer regalos esta Navidad, los ancianos que tomarán las uvas solos, y tantos y tantos otros ejemplos, por desgracia.

Hay mucho por hacer, no lo limitemos a las postales navideñas. Demostremos nuestra condición humana con compromisos. Porque el bolsillo es de complacencia rápida, pero la conciencia, no.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Ya hace 25 años los religiosos de mi colegio nos predicaban que la Navidad, o mejor dicho el espíritu navideño, debía ser todo el año.

Esta cantinela se repite otra vez ahora y volverá a n-petirse dentro de otros 25 años y más allá.
¿Por qué?
Supongo que por la misma razón por la que los romanos sacrificaban bueyes para lavar su mala conciencia.

¡Feliz Navidad!