sábado, 5 de junio de 2010

El arte de no hacer nada

El otro día estuve disfrutando de una conversación con una amiga, que me deleitó con la descripción jugosa de un compañero de trabajo. Un artista el tío, sí señor, que salí de la cafetería con ganas de ser como él, cuando sea mayor.

Y es que cuando en los tiempos que corren nos estrujamos o se estrujan algunos la cabeza acerca de cómo mejorar la productividad, la competitividad, y demás cosas que terminan en "vidad" y que además den beneficios, hete aquí que hay gente de inteligencia superior, que es capaz de ocupar su tiempo de trabajo con actividades lúdico-festivas pareciendo incluso que se currela como el que más.

La receta parece sencilla, pero estoy convencida que tiene su aquel y que exige un ensayo previo. Porque a mí personalmente me costaría un triunfo poder estar ocho horitas de trabajo sentada delante del ordenador sin hacer prácticamente nada de lo que se supone que tengo que hacer. Pero ahí va la receta del colega de mi amiga: el tío se presenta a una hora que no es, ni la de entrada, ni mucho más tarde, pero en fin, que no es la de entrada, qué narices. Se conecta a la Intranet de la empresa (hay que estar informado), mira su correo, conversa con otros compañeros y/o se introduce en la conversación... Después abre el explorador de Windows y mira sus carpetas como con ilusión, como indagando en qué ocupar esa linda mañana de mayo. Unos minutos más tarde empieza su ronda de llamadas; pueden ser gestiones propias (seguro, apartamento, temas pendientes con la familia), intentos de simplificar tareas ("oye, no tendrás algo sobre tal, que no es cuestión de inventar la pólvora"), llamadas sobre temas de sindicatos y gestión de personal (eso sí que le mola, se puede dedicar taaaanto tiempo...), y otras similares. Y después, su incursión en Internet: próximo viaje, escapadas de fin de semana, consulta de estados bancarios, próximas compras... Evidentemente, a veces utiliza el Word: así puede escribir más tranquilo cartitas de amor, o hacer la lista de cosas pendientes que hacer (que supongo que será un carro, visto lo visto). Y como todo esto cansa, a veces se queda mirando el horizonte, en profunda reflexión. Para después quedarse sine die en su sitio, mientras todos nos vamos a casita, después de hacer aquello para lo que se supone que se nos paga.

Sinceramente le admiro. Esa dedicación extrema a ocupar su tiempo sin hacer nada tiene que resultar agotador. Y lo mejor de todo es que no será el único. Porque vivimos en un país donde está más valorado estar sentado frente a tu PC hasta las 22.00 horas, que hacer tu trabajo en 5 y poder disfrutar de la vida después. Así nos va.

1 comentario:

GUILLERMO DIAZ dijo...

Lo mas lamentable de esto es que hay muchos directivos que aun siguen valorando mas y mejor a aquel empleado que mete un montón de horas en el trabajo (aunque no haga nada), y por el contrario cuestionan a ese otro empleado muy productivo que cumple muy bien con su trabajo y que se va a casa una vez finaliza la jornada.