miércoles, 16 de septiembre de 2009

La ilusión

Comiendo hoy con un compañero de trabajo, hemos intentado arreglar el mundo entre el primero y el segundo plato, cosa harto difícil si tenemos en cuenta las noticias que nos rodean, tan poco optimistas, gracias a la inigualable (ojalá fuera así) gestión de nuestros políticos y demás. Se da la circunstancia que hoy también ha salido este tema de camino al trabajo. ¿Serán las noticias de la subida de impuestos? ¿Serán los augurios de la Comisión Europea con respecto a España? ¿Será este tiempo otoñal tan repentino? ¿Será que hoy empezábamos a trabajar por la tarde?

No lo sé. La cuestión es que, hablando, hemos llegado a la conclusión de que sin perjuicio de que las medidas que unos u otros (políticos, empresarios, sindicatos, etc.), adopten sean buenas o malas (cada cual tendrá su opinión), lo cierto es que el modelo de producción ya no da más de sí. Nosotros hablábamos de modelo de producción como ese espacio común, compartido por todos, trabajadores y empresarios, donde intervienen factores sociales, económicos, educativos, culturales, en el que todos, sin excepción, hemos terminado por pervertirnos, guiándonos sólo por ciertos patrones, sin mirar más allá. Y revisando ejemplos cercanos, parece que el más patán es el que gana, que lo importante es rascar unos cuantos euros más sin considerar al compañero o al buen clima laboral, que lo que vale es el sueldo al fin de mes... En fin, que al llegar al postre habíamos llegado a la conclusión de que lo que falta es la ilusión a todos los niveles; desde el directivo o presidente de la corporación, hasta el último currela que llega a su hora (o no) todos los días. No hay interés por progresar, por mejorar, por innovar, nos seguimos anclando en los viejos modelos, intentando apretar más la teta, sin saber o sin querer reconocer que, lamentablemente, ya no da más de sí.

Este proceso de exprimido aberrante se extiende a todos los ámbitos vitales de nuestra sociedad: lo vemos en la educación, incapaz de generar esquemas que atraigan, que motiven al alumnado, que enciendan su espíritu crítico (¿servirá de algo un portátil por alumno? ¿o se completará con algo más?). Lo vemos en las empresas, que cada vez me recuerdan más (en su mayoría), a aquellas del inicio de la revolución industrial, todos en fila al puesto de trabajo, a cubrir la jornada, si es posible haciendo el menor ruido posible, y ganar el sueldo a fin de mes. Lo vemos en nuestras relaciones sociales, cada vez más individualistas, con poco o nulo compromiso (lo he visto hoy yendo al trabajo, cuando un compañero, hablando del paro y de la situación actual, ha dicho "bueno, pero a nosotros no nos va mal, ¿no?". No comment).

¿Qué podemos hacer? De nada vale denunciar los asuntos en el blog (como estoy haciendo ahora, glups), en feisbuk, en tuiter o colgando un video en yutub, si después nos seguimos quedando en casa tan panchos, viendo la tele como si nada, escuchando las noticias como si no fuera con nosotros. No sé si el retorno a las protestas puede servir de algo, a lo mejor tenemos que empezar a un nivel más pequeño, por nosotros mismos, por nuestro entorno, procurando adquirir un compromiso, una ilusión por las pequeñas cosas: por poner en marcha nuestros proyectos, por colaborar con los demás, por mejorar nuestras perspectivas profesionales (aunque ello no conlleve un plus en el sueldo)...

Supongo que todo esto es una utopía. Pero tenía que contarlo.

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