jueves, 2 de julio de 2009

El proyecto de vivir

Ayer por la tarde tuve mi primer encuentro con ella en Bilbao. Me esperaba junto a la puerta de Bolunta con su carpeta clasificadora, de color azul, hablando por el móvil con voz queda pero firme, y tratando de identificarme con sus ojos claros, entre la gente que pasaba a esa hora.

En aquella carpeta azul se guardaban las líneas maestras de su proyecto, una empresa recién creada en Vitoria para vender productos de segunda mano, y que a tenor de los datos que me presentó, no tenía visos de ir mal.

Recopilando los datos que faltaban (fecha de nacimiento, hijos, cuándo llegó a España, cuándo obtuvo el estatuto de refugiada), fui reconstruyendo las piezas de su vida, que ella terminó de juntar con frases escuetas que en breve se tornaron en párrafos más largos, hasta que fue cogiendo confianza y vio en mí a alguien que también en su día fue emprendedora, y que quiere ponerse en la piel de los nuevos atrevidos de esta coyuntura tan difícil.

Sin embargo, me resulta imposible ponerme en su piel. Más que nada porque gracias a Dios mi vida no ha sido como la suya. Porque yo no he tenido que huir con mi marido y mi hija (ahora aún en mi vientre) dejando un trabajo y toda mi vida atrás. Porque no he tenido que vivir en una lonja a la espera de papeles que me autoricen a gastar legalmente los ahorros de toda una vida en una vivienda digna. Porque no he tenido que padecer el deambular de una puerta a otra de la administración solicitando ayudas, para comer, para dormir, para trabajar. Y porque en mi vida, lamentablemente, me encuentro muchas veces valorando cosas mucho más absurdas que el sólo hecho de estar viva.

Me resulta imposible ponerme en su piel porque no sé si tendría el arrojo de hacer lo que ella hizo, de hacer lo que ella está haciendo ahora. Porque admiro profundamente a estas personas, y me dan ánimo para seguir adelante en mi actividad voluntaria. Porque estar con ellos hace que sienta vergüenza de lo que cada día escucho con más frecuencia de boca de algunos miembros de mi familia, de los camareros de la cafetería donde he tomado esta tarde un pastelito, de los jubilados de turno que no dudan en avasallar a una embarazada para coger la última mesa libre: que si son unos mangantes, que si nos quitan el trabajo, que si ellas sólo están contigo por la pasta, y tantas y tantas tonterías más.

Ella era rusa y no era prostituta, ni mafiosa, ni ladrona agresiva. Es una madre de tres hijos que se levanta cada mañana con la ilusión de abrir su tienda y mejorar cada día para que sea su fuente de ingresos. Ella ha visto una oportunidad y la ha aprovechado, ha tocado puertas y lo está consiguiendo. Y ojalá lo consiga. Sus clientes subsaharianos que se desviven por comprar regalos a sus parientes a los que visitan en vacaciones prefiriendo esto a comerse un buen chuletón tampoco son camellos, ni carteristas, ni violadores. Es gracioso, le han devuelto ya dos veces el dinero que abonó de más al dar mal los cambios tras una compra. Me gustaría saber si un español de pro y con papelito en la cartera (dícese del DNI) lo hubiera hecho... Son personas como ellos los que hacen crecer las ciudades, y no los que se apalancan en su desgracia para vivir de lujo a costa de los demás poniendo a parir a todo el que se busca las habichuelas, sea de Cuenca o de Vladivostok.

Ya sé que he hablado de esto muchas veces, pero es que sigo escuchando las mismas tonterías día tras días. Y cada vez resulta más cansado intentar explicar la otra cara de la verdad, la que no nos cuenta la tele, la que pasa a diario. Porque sí, son muchos más los que trabajan o se esfuerzan por encontrarlo cada mañana que los que te mangan la cartera en la estación de metro. Porque para darnos cuenta de que entre tantos hay tanta buena gente no hace falta que uno pierda un brazo, o se chamusque el bigote salvando a una anciana de un incendio. Sólo hace falta despertar a la nueva realidad en que vivimos.

1 comentario:

GUILLERMO DIAZ dijo...

Cuanta razón tienes. Sólo los que colaboramos activamente en ongs y tratamos con estas personas, podemos darnos auténtica idea tanto de lo que estas personas sufren, como de la incompresión de los ciudadanos españoles.

No obstante, que nuestro ánimo no decaiga para que podamos seguir peleando por la integración de estos seres humanos.