viernes, 12 de junio de 2009

La panadería de los horrores

Diferentes emisoras de radio se hacían eco ayer de la noticia del trabajador boliviano que, presa de su ilegal situación, perdió el brazo y casi la vida cuando se la dejaba ya de hecho 12 horas al día entre pan caliente y bollos para los que tienen ese papelito que dice que eres ciudadano de pro. El empresario, tan majo él según decían por la tele sus paisanas, lo dejó a una distancia prudencial del centro sanitario, y corrió raudo y veloz a la panificadora para limpiar los destrozos que había hecho su MachuPichu particular ("Aída", esa gran serie ilustradora del paisaje nacional). Que igual que queda mal ver un pelo en la sopa, imaginémonos por un momento lo desagradable del asunto en una barrita de pan, máxime si hablamos de brazos, sangre y esas cosas que todos tenemos, normalmente en su sitio.

Hechos como éste son abominables, y deberían llamar a la reflexión de cuantos se quejan amargamente de cómo en tiempos de crisis, el inmigrante de turno se queda con los trabajos, con las ayudas, con las viviendas, vamos, con todo lo que pilla (no voy a entrar al trapo en este asunto porque por sí solo ya da para otro post). Porque la cuestión no es si esa persona trabaja por salarios irrisorios, más que nada porque no le queda otra y porque si no lo hace ella, lo hará otra, boliviana, rumana, burgalesa u ovetense, que la cosa está muy malita. La cuestión está en por qué no existe una mano más férrea por parte de los poderes públicos en controlar estas prácticas más que habituales por los empresarios. Ya sabemos que existe una legislación, unos derechos reconocidos. Todo eso está muy bien, pero sin acciones positivas, y no omisiones, sin políticas reales que hagan posible un control por un lado, y una sensibilización por otro, me temo que esta situación se va a prolongar y va a afectar no solamente a la población inmigrante, sino a tantos y tantos trabajadores que en un momento de crisis como el actual resultan más vulnerables a este tipo de desmanes.

Por otro lado, no deja de sorprenderme que ante situaciones así, el Gobierno se rasgue las vestiduras y suelte esa gran frase de "debe caer todo el peso de la Ley" (¿tiene siempre el mismo peso o hay veces que está en operación bikini?), y además, termine con la perla de "vamos a estudiar el caso para regularizar la situación de esta persona". O sea, que si pierdes un brazo trabajando ilegalmente, de la noche a la mañana te conviertes en ciudadano de pro. Es como el colombiano que salvó a una ancianita en un incendio en Valencia hace unos días, y el policía de turno le dijo que a lo mejor así podía ver regularizada su situación e incluso hasta encontrar trabajo. Vamos, que te queda la sensación de que eso de la regularización es una especie de reality, ¿no? En fin, sin comentarios. Menudo país.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Totalmente de acuerdo y, además, con muchísimos comentarios que no servirán de nada como siempre en este país.

La política aquí está totalmente mediatizada. Mientras no pasa nada nadie hace nada. Mientras no se queja nadie nadie hace nada. Eso sí, cuando el periodista de turno se rasga las vestiduras por un hecho muy concreto entonces parece que ya alguien hace o mejor dicho dice que va a hacer algo. Y seguro que se hará, pero ya nada más, al menos hasta el próximo brazo, pierna o cabeza.

GUILLERMO DIAZ dijo...

El gran problema es que cuando sucecen cosas así, todo los políticos de turno salen a la palestra con esas frases echas de "castirgar con todo el peso de la ley" y similares. Pero al final todo sigue igual.

Si realmente existiese una Inspección de Trabajo diligente y resolutiva, muchas cosas de estas no sucederían. Yo, desde la ONG con la que colaboro, ya he hecho del orden de seis denuncias a la Inspección, por contratación ilegal e impago de salarios, y sencillamente he recibido la callada por respuesta.

¿Será que los Funcionarios están muy ocupados? o ¿que los inmigrantes no merecen que la Inspección les dedique tiempo?.

Sencillamente, lamentable.