jueves, 16 de abril de 2009

Cómo mosquear al turista en una sola lección práctica

Era Jueves Santo. Bendito día, único de sol en toda la Semana Santa, que ha llovido y con ganas en casi todo el territorio.
Era Jueves Santo por la tarde, y nos animamos a visitar Santo Domingo de la Calzada, movidos por el buen tiempo, y las ganas de visitar un par de exposiciones, una sobre la Catedral y otra sobre el Camino de Santiago.

El comienzo de la visita fue muy bueno. Verdaderamente es una ciudad que pinta distinta si la ves en su trajín cotidiano, en lugar de verla disfrazada de bufón medieval en el mercado ídem allá por el puente de La Inmaculada.

Con el optimismo y la buena fe que inspiran los buenos comienzos, buscamos las dos exposiciones. Bueno, era ya un poco tarde para aprovecharlas plenamente, así que con pesar desistimos. No obstante, y puesto que la Catedral sólo podía visitarse previo pago, y teniendo en cuenta la fecha que era, decidimos ir a misa de siete y media para escuchar el Evangelio y de paso, admirar la arquitectura que tan celosamente se guardaba tras las taquillas de entrada.

Para empezar, yo ya me temí al entrar que aquello iba a ser un trasiego continuo de turistas camuflados de devoción para visitar la Catedral sin que nadie se enterara. Y no me equivoqué. La Catedral estaba repleta de gente, de imágenes, de miembros de Cofradías..., y de turistas que entraban hasta el final, como Pedroporsucasa, miraban un poco de reojillo, y se daban la vuelta.

Lo cierto es que aquella situación me estaba incomodando un poco. Que ya sé que vivimos en el país de Rinconete y Cortadillo, y que la picardía está en nuestros genes. Pero es que entraban madres con sus peques, y no tan peques, bocata de jamón en ristre. O señoras ya muy entraditas en años al son de "uyquéfríohaceaquí". O señoras de menos edad hablando con el colega por el móvil. Que yo no digo que intentes escaquearte de pagar la entrada (nosotros lo hicimos), pero por lo menos, ten educación.

Pero ya puestos a poner las cosas en su sitio, hubo otra cuestión que ya me enervó del todo. No se trata de los cantos del gallo, que menos mal que resucitó él y no se le ocurrió hacerlo a un elefante, porque si no menuda se hubiera liado con esto de la tradición (¿a quién se le ocurre tener un gallo en una jaula en una iglesia?). Se trata del asunto de la secreta oculta entre el gentío. Y es que estaba yo alucinando con el "turismodevoto" que iba y venía, y en esto que hago un comentario y una señora que estaba de pie junto a nosotros susurra algo del pelo de "aunque estamos vigilando es imposible distinguir quién es turista y quién no". ??????????????????????

A ver, yo es que no entiendo, que esto ya me ha descolocado del todo. Resulta que por lo visto en la Catedral tienen personal infiltrado para controlar quién es turista y quién no. Pues nosotros éramos turistas, visitamos la Catedral de gorra y además rezamos. Y todo gratis.

Yo creo que si quieren promover y sobre todo mantener el turismo, deberían dejarse de tonterías con esto de cobrar entrada. Que no digo que siendo gratis no siguieran entrando turistas en plena misa, que ya sabemos que esto de la educación se vende muy caro ya desde el colegio, y no te digo ya cuando pasas de los cincuenta y se pierde la neurona de la vergüenza. Pero sí creo que menos sí que se colarían.

Digo yo además, que si por casualidad quieres entrar en la iglesia para estar un momento contigo mismo de meditación, rezando y tal, pues no puedes porque tienes que pagar entrada fuera de las horas de servicio. Y es que yo esto no lo entiendo. Que si hay que mantener la Catedral, que es muy bonita y tal, que creo que hay otras formas, no sé, se puede cobrar por ver el museo, o ciertas partes de la Catedral. Pero cobrar por entrar en la iglesia...

Si Jesucristo volviera por aquí un día, seguramente lo confundirían con un turista (en chancletas, con barba y con una chilaba en plan mochilero). Y no le dejarían entrar en la Catedral de Santo Domingo por no pagar la entrada. Sin comentarios

1 comentario:

Anónimo dijo...

Ja, ja, ja. Esto sólo puede pasar aquí, en el país de la playa, el chiringuito y la pandereta.

Cuando el arte y la cultura sean un bien común accesible a los ciudadanos prodremos empezar a creernos europeos. Mientras tanto seguiremos siendo lo que no hemos dejado de ser nunca: Unos mantenedores de la picaresca genómica tradicional española.